Bomberos malditos

La distopía que imaginó Ray Bradbury hace 73 años era la de una sociedad apática e indiferente entre sí, viciada por la tecnología y el consumo mediático superficial; mentalmente desprovista de individualidad y pensamiento crítico.

Una sociedad cuyo gobierno había “satanizado” y ordenado la quema y destrucción de libros en pro del statu quo.

Un mundo hueco, materialista, insulso y deshumanizado.

El tiempo presente en el que la compañía @AnthropicAI se ha desempeñado no parece distar de esa “ficción” hasta ahora.

La única diferencia es que, en la novela de “Fahrenheit 451”, a los sujetos a quienes se les encomendaba la quema de libros se les denominaba “bomberos”, mientras que los responsables de destruirlos en la vida real no son las personas, sino las corporaciones.

El pasado 20 de julio ocurrió el desenlace de un turbulento proceso judicial en el noroccidente de Estados Unidos: la compañía de inteligencia artificial tuvo que comparecer ante la jueza del Distrito Norte de California, quien determinó un paquete de compensación de 1,5 billones de dólares por parte de la empresa hacia el gremio de autores —el más antiguo del país—, en el marco de una histórica demanda por la violación de derechos de autor en la que había incurrido la compañía.

Anthropic había escaneado y destruido millones —todavía no se tiene un registro exacto— de libros para el entrenamiento de sus modelos de lenguaje, en especial Claude, su IA más popular. Desde 2022, las ventas de libros físicos impresos habían tenido un pico histórico que varias empresas vendedoras señalaron como sospechoso. Luego resultó que varias compañías de IA —incluyendo a nuestros protagonistas— habían comprado inconmensurables cantidades de ejemplares para el posterior procesamiento y destrucción de los mismos, asegura Forbes.

Durante el juicio, se publicaron una serie de documentos y actas que registraron los detalles del proceso judicial. Uno de los nombres más extraños que surgieron entre la información procesada fue el de “Proyecto Panama”. El acta 21 expone las preguntas que se hicieron sobre el asunto. Y la respuesta fue: “El Proyecto Panama es nuestro esfuerzo para escanear y destruir todos los libros del mundo”. Después, el indagador pregunta las razones de por qué se utilizaba un nombre en código, a lo que respondieron: “No queremos que se sepa que estamos trabajando en esto, el documento está disponible para todos los empleados de Anthropic, pero no debería mencionarse en público…”, asegura The Guardian.

Esta acta registra una conversación dada en 2024.

Sale a la luz esta información después del intenso proceso judicial que tomó los primeros años de esta década. Una década que ha traído consigo un profundo viraje en la relación humana con una tecnología cada vez más avanzada en capacidades, más demandante de nuestros recursos y energía, más inhabilitante de nuestras facultades cognitivas, y nosotros más dependientes de ella en aras de la eficiencia.

Cada vez más, nuestro tiempo presente tiene una simpática similitud con la ficción.

Eso sí, sin obviar las férreas ironías que dejan las actitudes de los sujetos más relacionados con @AnthropicAI. Por un lado, el hecho de que su cofundador, Christopher Olah, haya participado de la mano del Papa León XIV en la presentación de la encíclica “Magnífica Humanitas”, donde el Papa señala precisamente las implicaciones éticas del uso humano de la IA, sobre todo para quienes la desarrollan y la distribuyen por el mundo acorde con sus “intereses”. A su vez, @DarioAmodei, quien es actualmente la cabeza de la corporación, ha mencionado en varias entrevistas su sueño de tener un “país de genios” en el que miles de IAs operativas operen para resolver los problemas de la humanidad. A eso se le suma la reiterada percepción de las IAs como “máquinas de gracia y amor”.

Supongo que, a su percepción, la gracia y el amor de la tecnología no independiente, subordinada a los intereses de quienes la gestionan, es perfectamente la que borrará el conocimiento humano registrado en libros y se apropiará por completo del saber que nos brinda capacidad para mover el mundo.

En Fahrenheit 451, la verdad no era reemplazada por una tiranía impuesta, sino por la comodidad ofrecida a una sociedad con dotaciones tecnológicas que estimularon por completo sus sentidos. Una tecnología habilitada para desbaratar la comunión humana con la complejidad del conocimiento. Y, por ello, vivían en un mundo que declaraba maldita toda genialidad antropocénica por conservar la historia, el arte, la ciencia, el pensamiento y toda producción del intelecto que haya sido concebida.

Porque apropiarse de los saberes que guardan los libros es robar una parte de lo que nos ha hecho crecer como humanidad, como civilización. El progreso no se justifica destruyendo la agencia con la que el ser humano ha logrado trascender mediante el uso del conocimiento a su alcance.

Porque la pretensión de erradicar todos los libros del mundo, en aras de empoderar a una tecnología cuyo uso se ha vuelto complaciente, no es propia de filántropos idealistas, sino de bomberos malditos.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/samuel-sarria/

Califica esta columna

Compartir

Te podría interesar