Bendecida amistad

Un amigo que vive en zona rural de El Retiro me mandó por chat una columna de opinión de Sara Jaramillo sobre lo tortuoso que se está volviendo llegar a ese municipio por la peregrinación a una iglesia o santuario a la virgen. Advierto que este no es el centro de lo que hoy quiero compartir, es más bien la excusa para adentrarse en lo que significan los amigos en nuestra vida cotidiana. Justo le había comentado a mi amigo, en días pasados que iba a ir al Retiro a dar una vuelta con la familia y que quería que nos tomáramos un tinto que tenemos pendiente desde hace unos diez años. Como de costumbre, mi amigo no pudo, tenía un encuentro familiar ya planeado y, otra vez, el encuentro no se dio. La cosa es que yo le conté luego de mi pasadita por El Retiro, lo mal que me había ido, justo por el trancón inmenso del que habla Jaramillo en su columna y porque al llegar al pueblo fue una odisea encontrar donde parquear.

Luego de unos días, me mandó la columna y seguimos hablando de temas varios: mala planeación, especulación urbana, turistificación, entre otros. Además, me compartió fotos del santuario a la virgen, del templo, de la vista, en fin… una conversación por chat con un amigo que hace diez años no veo en persona, pero que sigue estando presente, aunque no físicamente, y al que le dije: a ver cuándo será ese cuándo.

Justo esta semana también en un chat con otras tres amigas que uno de mis trabajos me regaló, compartimos la felicitación a dos de ellas por sus cumpleaños. Con una de ellas me veo con cierta frecuencia para compartir la alegría de la vida, pero con las otras dos no. A una no la veo desde hace tres años y a la otra hace dos años. Intercambiamos saludos de vez en cuando en ese chat grupal, quedamos siempre en vernos, en concretar un encuentro, pero, lamentablemente nunca se da. 

Tengo otra amiga que se fue a Chicago en plena adolescencia. Nos une el día de nacimiento, los gustos por el rock en español, los libros, entre otras cosas. Dejé de verla por 15 años y luego en un viaje a Medellín, pudo estar en mi matrimonio. Luego de eso no la he vuelto a ver; a veces nos escribimos un mensaje por alguna red, o nos escribimos por correo electrónico.

Tengo también amigas de toda la vida. Las que conocí en el kínder y se han quedado en el corazón y la cotidianidad. Y digo que tengo en plural, pero en la realidad ya solo me queda una. La otra dejó de hablarnos el año pasado; cosas de la vida, a veces inexplicables, pero posibles también en la amistad.

Tengo amigos que cultivé en la universidad. Con ellos también tengo un chat y me veo con más frecuencia. Comentamos de la vida, compartimos lo que escribimos, las cosas más importantes que hacemos, nuestras angustias, alegrías, tristezas, decepciones, sueños y logros. Es lindo tener amigos, pero lo más lindo es verlos, aunque sea de vez en cuando.  

También tengo una amiga de la universidad con la que compartimos temas que con nadie más hacemos, con honestidad radical, sin temor a no ser perfectas en una especie de complicidad difícil de encontrar.

Otras amigas han llegado con los años, conectadas por el amor al baile. Amigas que se preocupan, que preguntan, que están ahí. Que insisten para tomarse el café, que se acuerdan en las vacaciones de traer un pequeño detalle.

La vida es más bonita con amigos del alma. Como dice el libro El monje que vendió su ferrari: “Y hablando de amistades, cerciórate que no las descuidas. Una persona que tiene tres amigos puede considerarse realmente rica. Los amigos dan humor, fascinación y belleza a la vida…Los buenos amigos están para ayudarte cuando la vida te lanza uno de sus reveses y las cosas parecen peores de lo que son”.

Creo que nos pasa a todos con la amistad. Así dejemos de ver a alguien que ha sido amigo por muchos años, en el reencuentro se siente como si hubiese sido ayer que lo viste y hablaste con él. Es algo difícil de explicar, es como una huella que queda en el corazón y que es casi imborrable. Me decía mi hija más pequeña en estos días, que había logrado hacer buenas amistades desde que llegó a su colegio y añadía que, aunque con algunas no se habla mucho porque ya están en otro salón, cuando las ve es como si no se hubieran separado. La misma sensación de cercanía que deja la verdadera amistad.

Como dice Borges: «La amistad no necesita frecuencia. El amor sí. Pero la amistad, y sobre todo la amistad de hermanos, no. Puede prescindir de la frecuencia o de la frecuentación. En cambio, el amor, no. El amor está lleno de ansiedades, de dudas. Un día de ausencia puede ser terrible». 

Posdata: con amor, para todas mis amigas y amigos.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/piedad-restrepo/

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