Está en cartelera “Barrio Triste”, la película del famoso director de videoclips Stillz, con producción ejecutiva de Harmony Korine. A Korine lo recordamos por su trabajo en “Gummo”, y, sobre todo, por su contribución en “Kids”, la celebrada película de Larry Clark. Fui a verla por la promesa hecha en el trailer de encontrar un “retrato poético e inquietante de la violencia y la soledad” en Medellín.
La poesía no estuvo por ningún lado. Pero salí de la sala inquieto, con náuseas, no solamente provocadas por el insoportable accesorio del movimiento de cámara en busca de la arcada gratuita de los espectadores— de la misma manera que la música incidental en una novela mexicana busca la lágrima— sino por la indigestión que me produjo soportar dos horas de imágenes intrascendentes, de planos interminables que buscaban fetichizar la exclusión y la pobreza, presentarla como utilería de un proyecto que no parece mucho más que la fascinación de un gringo por lo que cree que es la estética popular latina.
La película se inscribe en una tendencia del mercado que caricaturiza y explota lo latinoamericano. Pensemos en la propuesta estética de Karol G o de Feid, que encontraron la manera de monetizar las formas de los márgenes, la calle, del barrio, de lo urbano. Los videos Karol G en “Tropicoqueta” son una especie de “Black face” latino, una exageración performática a la que le falta toda verosimilitud. Es como si la cantante se disfrazara de sí misma, como si tuviera que representarse para ser lo suficientemente atractiva para la mirada del espectador extranjero, lo adecuadamente latina.
A ese ojo en busca de caricatura, de experiencia exótica es al que apela Stillz con su “Barrio Triste”. El director propone una premisa interesante: la posibilidad de que sean sus propios protagonistas los agentes narrativos. Serán ellos los que — luego de robarle una cámara a un periodista— se narren. Esa propuesta tiene mucha fuerza en una tradición cinematográfica que ha privilegiado la mirada de los directores y directoras de una realidad que los interpela, pero en la que siempre serán visitantes. Incluso a muchas buenas películas que han narrado ese mundo se le notan las costuras de la condescendencia del tercero observador.
La elección novedosa y que parecía un buen augurio se diluye muy rápido, se la traga la música estridente, la cámara en mano que observa con lentitud obscena las casas de piso de tierra y el hacinamiento. La experiencia sensorial que propone el director, intentando evocar a Gaspar Noé o a Oliver Laxe es solo una envoltura para cubrir una absoluta intrascendencia argumental. Y no es una cuestión de que no se presente una narrativa clásica, con una trama que se vaya desenrollando escena tras escena. Ahí tenemos a David Lynch para demostrar que es posible hacer ese tipo de películas. O vimos “Los Conductos”, un buen trabajo colombiano dentro de esa perspectiva. El punto es que “Barrio Triste” no ofrece nada más que tratar a los personajes como escenografía de una postura estética dolorosamente vacía, que no se pregunta por absolutamente nada, que banaliza la desaparición forzada, que abre una caja llena de oro— que es ese género inaugurado por Víctor Gaviria en Colombia— para echarle una lata. Tener un montón de imágenes celebratorias de lo salvaje, de la belleza de los márgenes, no es tener una película. Rodar una escena de un punkero en una terraza de un barrio de la nororiental en Medellín, no es hacerle un homenaje a “Rodrigo D”.
Hay un vacío aún más evidente. “Barrio Triste” se apropia de una realidad inseparable de la Medellín de finales de los años ochenta y comienzos de los noventa, pero renuncia a cualquier interrogación sobre ese pasado. La violencia aparece como una atmósfera, nunca como una historia; como un recurso visual, nunca como una tragedia colectiva. Esa renuncia termina convirtiendo una de las memorias más complejas de la ciudad en un decorado estético que puede ser consumido sin incomodidad, muy a pesar de las náuseas producidas por el vaivén de cámara.
Es imposible no pensar en Carlos Mayolo y Luis Ospina viendo “Barrio Triste”. Sus palabras sobre el vampirismo con el que directores como Ciro Durán se acercaron a la pobreza, parecen descriptivas del trabajo de Stillz en esta película. Las entrevistas que se van intercalando con el collage visual que nos presenta este director— acompasado por la música de Arca— evocan esa pretensión miserabilista que se denunciaba en el “Manifiesto contra la pornomiseria”. Los actores vuelven a ser humillados por el director, ya no tratados como objetos, sino como cabezas parlantes, expuestos ante los espectadores sin ninguna reflexión a propósito de las condiciones materiales que los llevaron a ese lugar de exclusión y desesperanza.
Es lo que Mayolo y Ospina señalaron al decir que este cine “convierte al ser humano en objeto, en instrumento de un discurso ajeno a su propia condición”. Los jóvenes retratados por Stillz son instrumentos al servicio de una caricatura de la exclusión y la desesperanza, y que hoy, como lo fue hace 50 años, vuelve a ser objeto de deseo del mercado audiovisual.
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