Al pueblo nunca le toca

Casiano y Baltasar, personajes del libro Al pueblo nunca le toca, duraron casi el ochenta por ciento de sus vidas discutiendo cuál sector político era el mejor. En su momento se trataba de conservadores y liberales. Casiano, convencido de que los conservadores eran la respuesta y la solución a todos los problemas del país, nunca dejó de apoyarlos, soportarlos e incluso enfrentar a su amigo Baltasar, fiel creyente del Partido Liberal.

Casiano y Baltasar casi se fueron a los puños. Duraron temporadas sin dirigirse la palabra. Incluso llegaron a jurarse odio y venganza. Una relación de amistad que iba y volvía, siempre atravesada por la misma conversación: la política. Que si los presidentes conservadores lo estaban haciendo bien, que si era el momento de los liberales y, por ende, del pueblo. Discutían y discutían y discutían sin parar.

Al final, cuando ya estaban llegando a sus últimos años de vida, se sientan, se miran a los ojos y de manera sensata deciden hablarse con la verdad. Su conclusión es precisamente la que le da nombre al libro: al pueblo nunca le toca. Ninguno de los dos vio una Colombia mejor. Pasaron conservadores, pasaron liberales. Unas victorias fueron para Casiano, otras para Baltasar. Pero al final ninguno vio lo que esperaba.

Esa historia satírica, escrita hace décadas, parecería ser la misma historia que hoy vivimos. Casiano y Baltasar hoy se ven representados en uribistas y petristas, ambos creyendo que la solución es apoyar, soportar y acompañar hasta las últimas consecuencias a su caudillo. Unos durante años creyeron que Uribe era la única posibilidad de una Colombia segura. Otros creyeron que con Petro llegarían, por fin, los sueños del pueblo.

Pero hoy ambos comparten una misma nostalgia: la de haber sido poder. Uribe y Petro fueron presidentes. Ambos hicieron y deshicieron desde el Gobierno. Tal vez uno con mucho más tiempo e influencia, otro con menos margen y menos años, pero los dos se sentaron en el banquillo presidencial. Y cuando se trata del poder, las cosas son a otro precio.

Con Petro no llegaron los sueños del pueblo. Colombia sigue cargando muchas de sus viejas heridas. Con Uribe, muchos creyeron haber cumplido el sueño de una Colombia segura y en paz, pero hoy vemos que la guerra sigue siendo una constante. Y lo ocurrido en los últimos días muestra algo que Casiano y Baltasar tardaron una vida en entender: cuando los caudillos se sienten amenazados, no importan diferencias, si de conservar el poder y la libertad se trata. 

Cinco congresistas del Pacto Histórico en la Comisión de Acusación respaldaron una proposición para que la Fiscalía no siguiera investigando al expresidente Álvaro Uribe por los casos relacionados con las masacres de El Aro, La Granja y el asesinato del defensor de derechos humanos Jesús María Valle, y para que el expediente pasara a esa comisión del Congreso. El Pacto Histórico ha negado que exista un acuerdo político para comprometer la justicia y ha dicho que respalda que la Fiscalía continúe con la investigación mientras la Corte Constitucional resuelve la competencia. Pero la explicación formal no borra la pregunta política.

¿Por qué congresistas del partido de Iván Cepeda, quien durante años ha denunciado los presuntos vínculos de Uribe con el paramilitarismo, terminaron respaldando una proposición que favorece la estrategia jurídica del expresidente? ¿Por qué justo ahora? ¿Por qué en una Comisión de Acusación que en Colombia carga con una larga fama de cementerio político y judicial?

En paralelo, la bancada del Centro Democrático respaldó el permiso para que Gustavo Petro pudiera salir del país como expresidente. Uribe defendió esa decisión diciendo que ese permiso se les ha concedido a todos los expresidentes. Todo puede tener explicación jurídica, reglamentaria o institucional. Pero la política no se lee solo en los reglamentos. También se lee en los gestos, en las coincidencias y en los silencios.

Lo que se empieza a dibujar es una escena incómoda: dos expresidentes que parecían enemigos irreconciliables, dos caudillos que dividieron al país durante años, dos hombres que construyeron buena parte de su identidad política señalándose mutuamente, hoy parecen necesitarse. Uno necesita garantías frente a las investigaciones que lo rodean. El otro necesita mantener lejos de la justicia ordinaria los expedientes que lo persiguen desde hace décadas.

No afirmo que exista un pacto escrito. No afirmo que alguien haya firmado una alianza bajo la mesa. Pero sí creo que hay momentos en los que la política se desnuda sola. Y este parece ser uno de ellos. Mientras los seguidores se insultan, se bloquean, se odian y se dividen la vida entre buenos y malos, los poderosos encuentran la forma de entenderse cuando lo que está en juego es su propia impunidad.

Al final, Uribe y Petro tal vez no eran tan distintos como sus seguidores necesitaban creer. Dos expresidentes. Dos caudillos. Dos hombres que probaron las mieles del poder. Dos dirigentes que, por el hecho de sentirse poderosos, empezaron también a sentirse intocables. Y dos figuras que hoy nos recuerdan, en la cara de los colombianos, esa frase amarga que Casiano y Baltasar tardaron toda una vida en aceptar: al pueblo nunca le toca.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/ramon-de-los-rios/

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