Guerras, constituciones y acuerdos

La historia de Colombia, como la de casi cualquier lugar en el mundo, se cuenta por los ríos de sangre derramada, las cenizas de lo que alguna vez alguien llamó su casa y los hijos a los que la violencia les arrebató sus padres. Es particularmente lamentable que esa tormenta de horrores tuvo simultáneamente a los mismos coterráneos como víctimas y victimarios: las guerras civiles tienen esa particularidad, el enemigo en el frente de batalla suele ser aquel vecino, viejo amigo e incluso familiar con el que se convive hasta unas semanas antes. 

Desde el grito de independencia hasta el Frente Nacional hubo once guerras civiles y quince constituciones. La tendencia era promulgar una nueva constitución al cese de una guerra civil, en un ciclo caótico de vencedores imponiendo su “única verdad” y de vencidos empezando una nueva guerra con sed de venganza. Acertadamente Hernando Valencia Villa nombró este fenómeno como Cartas de Batalla, que tuvo su último engendro en la Constitución regeneracionista de 1886, que a pesar de sus más de sesenta reformas era tan perversa que terminó ahorcándose a sí misma con el estado de sitio que posibilitó el escrutinio de la famosa séptima papeleta en las presidenciales de 1990.

Producto de esa manifestación de rebeldía, resistencia y valentía, en una de las épocas más cruentas y oscuras del país, llegó la Asamblea Nacional Constituyente. Había una alta expectativa por su promesa de ser la movilizadora del cambio social que desterrara a Colombia de su maldición rabiosa, pero también orbitaba una fuerte preocupación al no quedar del todo claro quienes iban a jugar de sumisos y quienes de impositores.

La posteridad terminaría constatando que la Constitución del 91 abrió un nuevo camino de paz y resignificación, y que ese resultado fue fruto precisamente de la ausencia de la imposición de una fuerza política sobre las demás. Ante la falta de una mayoría capaz de decretar el futuro de la nación se tuvo que recurrir a la deliberación, y de ello, hoy no existe una Constitución de vencedores contra vencidos sino una Carta Magna construida entre distintos.

Como sello de un acuerdo que el país en sus noches más oscuras tuvo, quedará la foto de la presidencia tripartita que esa Asamblea albergó. Hoy, que yacen sus tres protagonistas bajo el sepelio de los valientes, no queda más que recordar que la política del consenso es el fundamento de una democracia que reconoce en la diferencia una condición de su existencia y no una amenaza que deba eliminar.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-miguel-giraldo/

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