Un demócrata, que no es poco

26 de abril de 1990: un grupo de simpatizantes, compañeros y escoltas esperan noticias sobre el estado de salud del candidato presidencial Carlos Pizarro en la puerta de urgencias de la clínica de Cajanal. Pizarro ha sido fusilado por la espalda en pleno vuelo de Bogotá a Barranquilla. A las 11 am sale alguien de la institución y comunica que el dirigente de la Alianza Democrática M-19 ha fallecido. Hay gritos de dolor, llanto y rabia. Un escolta saca su revólver y hace varios tiros al aire. La indignación y el miedo se multiplican. El riesgo de asesinato era inminente y la amenaza repetida. Una muerte cantada. Todo parece una escena de la etapa negra de Goya.

En cuestión de segundos, visiblemente afectado y previendo el estallido que se venía, Antonio Navarro Wolff se dirige a los presentes y en un tono que combina solidaridad en el dolor y una orden perentoria, dice: “Vamos a enterrar a Pizarro pacíficamente”.  Ese mismo día, reitera el mensaje en una alocución televisada a todo el país. 

En el momento de mayor dolor y de gran incertidumbre, con la amenaza de muerte sobre su cabeza y sobre la de todos los miembros desmovilizados del Eme, Navarro decide jugarse por la paz y por la democracia, salvando así no solo el proceso y muchas vidas sino, y esto es fundamental, la semilla que un año después daría vida a la Constitución de 1991.  La historia está llena de cruces de caminos en los que se juegan escenarios y situaciones extremas. Lo que pudo haber sido y lo que fue. Los líderes se reconocen y se miden en esos momentos. Antonio Navarro Wolff ha sido uno de los líderes de la paz más importantes de los últimos 40 años.

Les costará reconocerlo a los “justicieros” de la “batalla cultural” que nos gobiernan, pero Navarro lideró la lista de la Alianza Democrática M-19 que obtuvo el 27% de las curules de la Asamblea Nacional Constituyente y fue central en asegurar el éxito del proceso. Desde esa improbable y poderosa presidencia tripartita con Álvaro Gómez Hurtado y Horacio Serpa, Navarro y su bancada lideraron transformaciones tan profundas y estructurales como el modelo de Estado Social de Derecho, la acción de tutela, la Defensoría del Pueblo y la libertad de cultos. En el discurso de clausura y promulgación de la nueva carta el dirigente pastuso dijo: “Esta Carta Política no pertenece a ningún partido, a ninguna guerrilla desmovilizada, a ningún gobierno. Es el pacto de una sociedad que decidió no matarse más por sus diferencias. Si logramos que lo escrito en este libro se cumpla en las calles, en el campo y en las instituciones, habremos dejado atrás cien años de soltería con la violencia para casarnos definitivamente con la democracia”. Desafortunadamente no lo logramos.  

Navarro, a diferencia de otros dirigentes de izquierda de cuyos nombres no quiero acordarme, no solo fue bueno para el parlamento y la legislación.  Tanto en la Alcaldía de Pasto como en la Gobernación de Nariño demostró liderazgo y capacidad administrativa y de ejecución. Implementó el presupuesto participativo, “Cabildos abiertos”, dándole voz y voto a las comunidades en la priorización de la inversión pública. También impulsó políticas de transparencia administrativa con la “Urna de cristal” transmitiendo en vivo las licitaciones principales de la jurisdicción. En educación fortaleció la gratuidad e implementó becas de educación superior y su modelo de sustitución de cultivos ilícitos con desarrollo alternativo y participación comunitaria fue ejemplo nacional e internacional. La suya, muy seguramente, hubiera sido una presidencia de izquierda aglutinadora, transparente, capaz y de avanzada.

Tuve la suerte de trabajar con Antonio en el proceso electoral del 2018. Compartimos funciones en el Comité Político de la campaña de Sergio Fajardo y pasé muchas horas en reuniones, traslados y eventos a su lado. Recuerdo su capacidad de leer los públicos y escenarios, su humor afilado sus análisis pausados, profundos y, sobre todo, realistas. Era emocionante ver el cariño y la admiración que recibía cuando llegaba a barrios, municipios, gremios y todo tipo de reunión. Fue un político querido como pocos.

La última vez que estuve con Navarro fue una noche maravillosa. En la recta final de las elecciones de 2018 nos encontramos en una cena en la casa de Germán Castro Caicedo. La noche empezó con el análisis electoral de coyuntura, pero con el paso de las horas y los rones el tema fue virando hacia la Colombia de los 80 y 90, los procesos de paz, la amenaza de los paras y el Estado y la constituyente.  Fui testigo de una conversación sobre la trastienda de la historia reciente del país. Pequeñas crónicas humanas y anécdotas de reuniones secretas, riesgosos vuelos en helicópteros en medio de la niebla caucana y acuerdos improbables de última hora que rescataron largos y complejos procesos.  Antonio recordaba detalles, personas y emociones, pero lo suyo nunca era la épica y el autoelogio. La democracia, la búsqueda de la paz y los acuerdos fundamentales siempre fueron su gran proyecto y, parafraseando al Balón de Oro, Harry Kane, trabajaba duro y dejaba que el éxito fuera su ruido.

Con Antonio Navarro Wolff se va un hombre decente y coherente y un político de izquierda que rompió moldes, evitó el populismo, administró eficiente y transparentemente el recurso público y solucionó problemas de los ciudadanos. Pidió perdón y aceptó también las excusas que se le ofrecieron. Nunca glorificó la lucha armada.

Me uno al llamado hecho desde varias esquinas en cuanto a que el mejor homenaje que podemos hacerle a Navarro es la defensa comprometida y valerosa de la Constitución que ayudó a construir y que ahora está bajo ataque.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/santiago-londono/ 

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