Aquiles y la muerte del enemigo

Anne Carson, la gran poeta que ganó el premio Nobel de Literatura este año, responde a la pregunta ¿Cuál fue el mejor libro que te leíste este año? diciendo que ella es clasicista, que lee sobre todo libros publicados en el 500 a. C. y que recomienda a Homero. La respuesta de Carson parece irónica, pero no lo es. Puede que haya incluso algún desprevenido que la acuse de exhibicionismo intelectual. En ella hay un convencimiento de que más o menos la historia de la humanidad está narrada en La Ilíada y La Odisea. Que lo que allí se canta describe lo que somos como especie. Que a través de los aqueos y los troyanos podemos vernos. Que la épica homérica es también sobre nosotros.

Siguiendo el consejo de Carson, esta semana, ante la noticia de una muerte, me acordé de Homero y su Ilíada, que, como ya dije, también es nuestra. No en el sentido azucarado e insustancial que suelen darle ciertos escritores a la expresión, diciendo boberías comunes como: «el libro no es mío, sino de mis lectores». No. En el sentido que le han dado Carson, Carolina Sanín y demás a la cuestión cuando insisten en que los textos homéricos no son la historia de los griegos, sino la historia de nosotros, de los humanos, de los hombres y las mujeres que habitamos este planeta de la IA.

Me acordé de una escena en particular que narra los sucesos después de la muerte de Héctor a manos de Aquiles. Con el perdón de Homero, a quien invoco, les voy a recordar más o menos lo que sucede. Aquiles acaba de matar a Héctor, amarra su cuerpo a la carroza y, jalándolo de los tobillos, lo arrastra hasta su campamento, luego de pasearlo varios días por las murallas de Troya. Es la ira de Aquiles contra aquel que asesinó a Patroclo. Príamo, rey de Troya, padre de Héctor, atraviesa el campamento enemigo hasta la tienda de Aquiles para suplicarle que le devuelva a su hijo y así poder honrarlo en un funeral. Aquiles, acaso su principal enemigo, le concede alivio a un padre que está sufriendo lo que no tiene nombre.

Los griegos tenían una palabra para nombrar el respeto y la consideración que merece el otro, incluso cuando se trata de un enemigo: aidṓs. No es exactamente darle un abrazo al enemigo, ni supone olvidar la enemistad ni renunciar al enfrentamiento. Es, más bien, una forma de reconocimiento que impone ciertos límites a la manera en que tratamos a los demás. Aquiles no deja de ser enemigo de los troyanos, pero entiende que su enemistad no lo autoriza a desconocer la humanidad de quienes están del otro lado. Por eso, ante la súplica de Príamo, a quien su dolor le quita la condición de enemigo a muerte y lo presenta ante él como un igual que también llora a su ser querido, Aquiles concede la tregua que permite el funeral.

Esta semana murió Antonio Navarro Wolf, una persona atravesada por la contienda, un contradictor y un enemigo. En las declaraciones que se siguieron a su muerte, varios de sus contrarios, que lo enfrentaron durante su vida, actuaron con aidṓs: trataron con consideración a los familiares y amigos que lloraban a un muerto. Puede que ahí, en ese reconocimiento del contradictor no solo como enemigo, haya una clave, una manera de ser, en cierto sentido, mejores, como Aquiles, como Héctor, como Príamo. Razón tiene Carson.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-pablo-trujillo/

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