Encontrarse con las amigas en ciudades monstruosas como Bogotá es todo un reto. Que la una vive en el norte, la otra en el sur. Que el trabajo, el trancón, el Transmilenio… En últimas, cuando eres una señora sin acceso a espacios de socialización como el colegio o la universidad, mantener la amistad requiere mucha fuerza de voluntad, y a menudo se convierte en una misión imposible. La lluvia, los charcos y el humo agrandan la distancia y, eventualmente, terminan corroyendo vínculos que requieren cuidado para sobrevivir.
Con el tiempo, las señoras nos vamos acostumbrando a la soledad: las amigas se pierden entre recuerdos y mensajes a medio leer, los encuentros se van espaciando, y así va creciendo la distancia. Pero lo que me parece aún más asombroso es que el frío de la gran ciudad también se cuele en el barrio: ¿Cómo es posible que con las amigas que viven cerca impongamos distancia? ¿Por qué no nos conocemos entre vecinas? ¿Qué explica que no construyamos redes de cuidado para los hijos, las hijas y los animales que nos acompañan? ¿Siempre ha sido así?
La respuesta a estas preguntas, como siempre, es histórica. Todo parece haber empezado con la industrialización y esa separación de espacios que tanto ha obsesionada a las teóricas feministas, desde Silvia Federicci hasta Joan Tronto: el hogar – la fábrica – la escuela – la plaza. Dejar atrás la vida rural y esa cotidianidad de arar, sembrar y cultivar en comunidad, implicó una fragmentación de redes de cuidado que estaban ahí para los más pequeños… Pero también para nosotras: para compartir el tiempo y el espacio, brindarnos cariño, escucha y palabra.
Theodore Zeldin, Phillippe Aries y Sigmund Bauman también han analizado esta profunda transformación histórica: pasamos de vivir en clanes, comunidades religiosas o familias grandes en las que los vínculos sociales eran estrechos y duraderos porque estaban determinados por la necesidad, la religión y la política, a vivir en comunidades liquidas[1], basadas en la gratificación individual. Como resultado, la amistad se ha vuelto frágil, pues carece de un marco institucional o político que la sostenga… En últimas, ha quedado supeditada a la volatilidad del deseo.
Así las cosas, hoy vivimos en ciudades grandes, bullosas y llenas de personas, pero solitarias, cuyo sentido de comunidad se ha replegado a abstracciones como el “Estado” y el “mundo”, mientras los lazos comunitarios más tangibles y cercanos: la vecindad, el barrio, la familia y las amigas, desaparecen. En Estados Unidos, ya le dieron nombre a este fenómeno: la epidemia de la soledad y el aislamiento, y han identificado que afecta a la mitad de la población. Dispara los casos de ansiedad, depresión y demencia, aumenta el riesgo de enfermedades cardiacas en un 29%, el riesgo de sufrir accidentes cardiovasculares en un 32%, y está asociada con un menor desempeño académico y laboral[2]. Aquí en Colombia estamos atravesando la misma crisis: el porcentaje de personas que viven solas viene creciendo de forma sostenida y según datos del DANE el 34.7% de los adultos no cuentan con redes de apoyo, lo que, según los resultados de las encuestas, se traduce en mayores niveles de tristeza y sinsentido[3].
Estos estudios demuestran que el agua moja: que nos necesitamos las unas a las otras en el día a día, que, como diría Aristóteles, somos animales sociales. Y en efecto, basta con observar a nuestros primos del reino animal: comparten la comida, las angustias y las alegrías, se limpian los mocos, se abrazan y se quitan los piojos.
Que este sea pues, queridas lectoras, un llamado a volver al pasado. A dejar la puerta de la casa abierta, compartir el azúcar con la vecina, pedirle favores a la amiga, pasar por un tinto a las tres, ponerse cita para la telenovela, sentarse a leer en el parque, incomodar a la otra e incomodarse a una misma… Sólo así podremos recomponer esa cotidianidad en comunidad que nos es indispensable para vivir.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/maria-emilia-gouffray/