¿Oyeron ya a Mauricio Gaona? Hay que oír a Mauricio Gaona.
El doctor Gaona —lo recordarán ustedes, paseándose por los medios, embebido en su hálito constitucionalista, graduado de experto en todo o casi todo, advirtiendo sobre todos los peligros que corría Colombia—, ese mismo doctor Gaona —el que buscó censurar una película que ficcionaba sobre los hechos del Palacio de Justicia porque no le gustó lo que la ficción decía sobre un personaje basado en su padre—, ese aplaudido académico y celebrado escritor, en su perfectísimo inglés con el que habla en la ONU donde es embajador —porque le parecerá mejor que hacerlo en su materno español—, dijo: «No somos un país que goce de los beneficios de un proceso de paz, más bien al contrario, encaramos algunas de sus consecuencias», porque el doctor Gaona confunde lo que se ganó con el Acuerdo con lo que se perdió por meterle palos en la rueda a la implementación.
Dijo más, en su muy pulcra pronunciación del idioma de Trump, porque pensará él que su audiencia es el mundo y no esos 50 millones de colombianos hispanoparlantes a los que representa ante la ONU: «Quisiera desmantelar las falsas narrativas y las falacias que han podido escuchar de aquellos que se han beneficiado más del proceso de paz…». ¿Quiénes pensará el doctor Gaona que se han beneficiado más de ese cese de los disparos y el silencio de los fusiles sino la población civil, los que pudieron buscar y encontrar a sus muertos, los que se salvaron, durante un corto periodo en que fue posible la esperanza, de ser víctimas o volverse victimarios?
Y agregó Gaona que mienten esos que dicen que el proceso de paz en Colombia es un modelo para el mundo. Dijo todo eso en una sesión del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, en la que se renovó el mandato de la Misión de Verificación del Acuerdo de Paz hasta octubre de 2027. Allí cumplió la tarea que le asignaron: pedir que la ONU mire solo hacia donde ellos quieren que mire y se olvide de revisar qué está pasando con la reforma agraria, con la tierra, porque, parece que mandan a decir ellos, eso no tiene nada que ver con nuestras violencias.
Previamente había presentado el aviso o la advertencia de siempre: que aquí nadie se opone a la paz. Que cómo se nos ocurre pensar que eso es posible.
Y habló en francés, en inglés y luego se acordó de hablar en español. ¿Será también Gaona hiperpolíglota como dice de sí mismo el otro funcionario del Estado conocido como el Niño Poeta?
Y sin embargo, ahí está Gaona, sentando en su silla en la Organización de Naciones Unidas nombrado embajador por el presidente que no ha escondido ni una sola de sus recientes malquerencias contra el proceso de paz, diciéndoles a los países del Consejo de Seguridad que nada bueno salió de sentarse a conversar para ver cómo dábamos fin a una de nuestras tantas guerras.
No les dijo, claro que no, que si convertimos esos días de esperanza en estos días de sobrevuelos, combates y bombardeos, no fue porque matáramos el tigre y nos espantáramos con el cuero, es que ni siquiera nos interesó el cuero y la implementación de lo acordado, gobierno tras gobierno, fue una suma de pocos y desacertados esfuerzos, cuando no de decisiones malintencionadas.
Y entonces hoy hay quienes esperan que todo se solucione como se intentó solucionar antes: a bala.
Recordé una de esas frases en latín que llevan siglos apareciendo de vez en vez para recordarnos que la historia es una espiral larguísima de la que intuimos el inicio pero somos incapaces de verle el fin, una frase que recogió el historiador y senador romano Publio Cornelio Tácito en su Vida de Julio Agrícola: «Ubi solitudinem faciunt, pacem appellant». La frase, dice Tácito, la dijo un tal Calgaco, un líder caledonio, antes de una batalla contra los romanos: «Hicieron un desierto y lo llamaron paz».
Hay que ver la gran capacidad desertificadora que tienen algunos y el ansia de desertificar que exhiben otros. A veces, corremos con tan mala suerte que se encuentran y ganan elecciones.
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