La condición vital de la política es la palabra. Esta idea parece tener su origen en Aristóteles. El “parece” de la frase anterior no es retórico. El registro civil de la imaginación humana es tramposo. Ha sido confeccionado respondiendo a las estructuras de poder, que deciden de manera arbitraria y siempre ancladas en relaciones de desigualdad, quién es el dueño de un concepto. Las dueñas se nos han ocultado.
Dueña es también Hannah Arendt del logos como posibilidad de la política. Es en el encuentro con el otro, con su aparición a través del lenguaje, que es posible considerar los menesteres de lo común, la construcción de una casa habitada por todos y todas. La palabra, al decir de Arendt, es ambivalente en sentido filosófico. Permite el reconocimiento de la igualdad de los seres humanos, sin la cual no es posible pensar lo comunitario, y también la expresión de singularidades. Con la palabra podemos conocer la visión de cada individuo que compone el pacto colectivo.
La palabra también es instrumental. Si podemos entender la singularidad de cada individuo haciendo uso de un logos común, la diferencia debería ser alentada por lo político, y tramitada cuando sea contenciosa. Por eso la violencia es la desaparición del logos, y en esa medida, de la política. De la idea de pluralidad también es dueño Bernard Crick, para seguir con el ejercicio muchas veces ridículo de los historiadores de las ideas y sus actas de nacimiento del pensamiento. Crick coincide con Arendt cuando afirma que la política aparece cuando se acepta dentro de un mismo territorio la existencia de distintos grupos con visiones del mundo contrarias.
¿Pero a qué viene esta semántica mínima de la política, el logos y la pluralidad? A que vivimos tiempos, no singulares en la historia de la humanidad, en los que hay una suerte de renacimiento del contrario político como enemigo total, como sujeto de eliminación. Estamos en una nueva época de justicieros que no saben hablar, de trámite violento de la diferencia. El espacio común en donde la singularidad de cada persona que se expresa con la palabra está siendo sepultado por una ola de rabia al distinto, que se alimenta a través de las redes sociales.
En medio de esta marea de odio que amenaza lo político hay pequeños gestos que encienden una luz. Luiz Inácio Lula da Silva, en medio de un acto público de proselitismo, les pidió a sus seguidores respeto por la gobernadora de Pernambuco, una adversaria política, que estaba siendo abucheada por los seguidores del reelegido presidente de Brasil. En una manifestación similar Álvaro Uribe Vélez les dijo a sus acompañantes de plaza pública que coreaban su nombre, que en su presencia no les iba a permitir que insultaran al presidente de Colombia de la época, Gustavo Petro, su contradictor casi al grado de némesis.
Es obvio, pero casi nunca lo es. Es señalar el sol para decir que es una estrella. Es perogrullo, pero el mundo parece estar empeñado en reabrir conversaciones que pensábamos cerradas. Hubo una sociedad antes de las redes sociales, de las olas de indignación y odio que buscan eliminar la condición humana del antagonista y en ese sentido, acabar con la política. Sin pluralidad, sin gestión no violenta de la diferencia, no hay política, no hay mundo posible.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-pablo-trujillo/