Lula da Silva e Iván Cepeda llegaron a la segunda vuelta desde el mismo lugar: la derrota. Flávio Bolsonaro aventajó a Lula por 2,2 millones de votos; Abelardo de la Espriella superó a Cepeda por casi tres puntos. Veinte días después, el brasileño había dado vuelta al marcador, mientras el colombiano volvió a perder. La diferencia estuvo menos en la ideología que en la capacidad de reconocer una mala campaña.
Lula entendió la primera vuelta como una emergencia. Reorganizó su equipo, abandonó los mensajes abstractos sobre soberanía y minerales críticos, salió a buscar jóvenes y mujeres, concentró esfuerzos en Minas Gerais y puso la mira en los 33 millones de abstencionistas. Además, regresó a los debates después de haberlos evitado y llenó las calles de militantes. El viejo animal político olió el peligro y se movió.
Cepeda reaccionó de otra manera. Su campaña había comprado su propia propaganda: creyó que el “fervor popular” podía darle incluso una victoria en primera vuelta y llegó al balotaje sin una estrategia para ampliar la coalición. Cuando descubrió que necesitaba al centro, no supo qué ofrecerle. Hubo mensajes contra el fascismo, invitaciones solemnes a “tomar posición” e intermediarios que tantearon adhesiones, pero faltaron acuerdos concretos y una agenda capaz de responder a las preocupaciones de las clases medias urbanas.
Ahí está la primera lección incómoda: al votante que no pertenece a la izquierda no se le seduce ordenándole que demuestre sus credenciales democráticas. Lula buscó convencerlo mientras que Cepeda pareció examinarlo.
El brasileño, además, convirtió la elección en una decisión material. Su gobierno aumentó en 15% los pagos de Bolsa Família, que llegan a cerca de 50 millones de personas, y promovió la reducción de la semana laboral de seis a cinco días. La utilización de la caja estatal en plena campaña admite reparos serios, pero resultó políticamente eficaz: Lula no se limitó a advertir que Bolsonaro era peligroso, también recordó qué podía perder cada familia si regresaba esa dinastía al poder.
Cepeda apostó casi todo al espanto que producía De la Espriella. Denunció sus presuntos vínculos con la parapolítica y presentó la elección como una frontera entre democracia y autoritarismo. El problema fue que su adversario hablaba de inseguridad, riqueza y orden, asuntos que ya estaban inquietando a los votantes, mientras la campaña del Pacto apenas terminó de estructurar un programa detallado diez días antes del balotaje.
A esa torpeza se sumó Gustavo Petro. Cuando Cepeda necesitaba adquirir identidad propia, el presidente ocupó el escenario con denuncias de fraude y ambigüedades sobre una constituyente. Cepeda tardó en reconocer los resultados de la primera vuelta y tampoco marcó una distancia necesaria frente a su jefe político. Terminó cargando con el desgaste del Gobierno sin poder exhibir plenamente sus logros y defendiendo una continuidad que nunca explicó cómo sería distinta.
Lula también era el poder, pero consiguió presentarse otra vez como el dique frente a una amenaza. Cepeda, en cambio, apareció como el heredero encubridor de un mal gobierno que pretendía continuar y, simultáneamente, como el candidato que pedía ser juzgado con independencia de ese gobierno. Evidentemente, la contradicción nunca se resolvió.
La remontada brasileña tuvo, por supuesto, ingredientes poco edificantes: subsidios oportunamente aumentados, miedo dosificado y toda la fuerza de la Presidencia puesta al servicio de la reelección. Aun así, hubo lectura del momento, flexibilidad y operación territorial. En Colombia sobró superioridad moral y faltó oficio.
Lula perdió la primera vuelta y decidió cambiar la campaña. Cepeda la perdió y su entorno prefirió explicar por qué los electores se habían equivocado. Uno salió a buscar los votos que le faltaban; el otro esperó que el miedo a su rival se los llevara hasta la puerta. Lula hizo campaña, y mientras Cepeda esperaba un milagro, efectivamente le llegó “la patria milagro”.
Entre las muchas lecciones de esta elección hay una particularmente incómoda para Colombia. La izquierda brasileña sabe hablarles a las clases medias y al empresariado porque tiene un proyecto productivo y un legado que defender. La colombiana, en cambio, carece de una idea económica reconocible, estigmatiza al sector privado y convierte sus contradicciones en excusas. La izquierda de papel vs la izquierda que gobierna más allá del discurso.
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