Tirano sobre lienzo

A pocos metros del Museo Nacional, entre policías, estudiantes, maestros y vendedores ambulantes, había instalado un caballete, una butaca y un par de recipientes de plástico repletos de pinceles. El artista no parecía tener prisa, era parte de los manifestantes que protestaban contra la instrumentalización de la cultura.

Tenía varias obras apoyadas contra una pared y otras colgadas de una cuerda improvisada. Había de todo: el Che Guevara, Pepe Mujica, los Beatles, Juanes y una colección de personajes que, vistos juntos, parecían formar una pequeña historia política y cultural del continente.

Pero ese día trabajaba en otra cosa. Sobre un lienzo aparecía un hombre que caminaba con la mirada puesta en el horizonte. Vestía de civil, aunque algo en su postura recordaba a un general. El pintor se detenía en los pliegues de la ropa, afinaba la sombra de la mandíbula y repasaba con cuidado las botas militares. El personaje tenía algo de aquellos muñequitos de acción que se consiguen en los remates: era pequeño, rígido, impecable y listo para entrar en combate.

A sus pies comenzaba a extenderse un campo de bolsas blancas. Para esa parte el artista había escogido una paleta sobria, llena de  blanco, gris y ocre. Solo un poco de rojo aparecía en el piso, el cual había que mirar con atención para descubrirlo. Quizá el pintor sabía que el rojo era demasiado evidente para ciertos ambientes y decidió no aumentarlo.

El título de la obra, escrito en una pequeña cinta blanca junto al caballete, decía: Tirano sobre lienzo.

La gente se detenía a preguntar por la técnica, el personaje o el significado de una figura. Otros miraban unos segundos y seguían su camino. Nadie, sin embargo, descolgaba sus cuadros. La calle era su museo y, como ocurre con las exposiciones callejeras, solo la lluvia tenía autoridad suficiente para clausurarlas.

A pocos pasos de allí, un grupo de maestros había convertido la calle en un salón de clase. Algunos leían en voz alta. Otros, con micrófono en mano, hablaban sobre lo que significa que un gobierno censure, retire o elimine obras, objetos y narrativas relacionadas con la historia del conflicto armado en Colombia.

El paisaje parecía escrito por alguien con mucho sentido del humor: tanquetas, policías, estudiantes, maestros, artistas y música alrededor de un museo que alguna vez fue una cárcel. El pintor parecía entenderlo perfectamente. Por eso, cuando alguien se interesaba por su trabajo, explicaba que utilizaba la exageración para retratar lo que sucedía en el país.

Mostraba entonces algunos cuadros en los que se veía a Gustavo Petro montado sobre un jaguar dormido. A Iván Duque como cerdo que hacía malabares con tres naranjas mientras era DJ. A Álvaro Uribe convertido en carnicero, cortando en pedacitos a Colombia. Entre otras representaciones de políticos y empresarios que causaban en los observadores risas y comentarios. Dicha galería llevaba por nombre: Ninguno parece haber cometido un error.

Cuando le preguntaron qué significaba la obra que estaba pintando, dejó por un momento el pincel sobre el recipiente de plástico y dijo que era una sentencia, donde no solo los cuerpos eran eliminados, sino que también la democracia, la libertad y la cultura terminaban en bolsas blancas.

Mientras hablaba, el Museo Nacional permanecía detrás de él rodeado por una cadena de policías, es decir, convertido nuevamente en una cárcel, pero esta vez de alta seguridad. No sería extraño que bajo las órdenes de Abelardo de la Espriella no solo se desmonten todas las obras de todos los museos de Colombia que no estén alineados con la “Patria Milagro”, sino que se incentive la persecución y eliminación de toda muestra artística callejera.

Al parecer, en la era del tigre la curaduría de los espacios culturales no es un asunto menor, es un asunto sagrado. Imagino que ahora que Ordóñez ocupa el ministerio del Interior pasaremos de hablar de curadores a hablar del cura Alejandro, quien dará la línea sobre lo que merece entrar y lo que debe salir de los espacios artísticos de la nación.

Y ya que estábamos imaginando, tampoco será difícil pensar en la nueva etapa del Museo Nacional, esa que seguramente los emprendedores del nuevo Gobierno ya tendrían diseñada. Habría un estadero con música de Silvestre Dangond y Ron Defensor en la entrada, discursos del director de Caro y Cuervo cada dos horas, eucaristías guiadas y una tienda de souvenirs con frases como: ¿Por qué no aplauden?, Viva Cristo Rey y Bienvenido a la patria milagro.

El catálogo ofrecería una experiencia inmersiva en la historia nacional. Cada visitante podría dar de baja al menos dos obras de arte y los menores de 13 años ingresarían gratuitamente, pero con una restricción para el porte de armas de juego. Para quienes estén inscritos en la estrategia: Por la razón o por la fuerza, terminado el recorrido, se les obsequiará un radioteléfono.

Para el resto de los ciudadanos quedaría disponible la sala: Plomo es lo que viene, donde la entrada es gratis, pero la salida no.

Al atardecer comenzó a llover con fuerza. El aguacero consiguió lo que no habían conseguido las amenazas de la policía antidisturbios, que los manifestantes se retiraran. El pintor también recogió sus cosas. Guardó las pinturas, desarmó el caballete y desapareció con su exposición callejera. Del Tirano sobre lienzo solo quedó un pincel abandonado sobre la calle, el cual, al entrar en contacto con el agua, escurría un color rojizo.

Los policías permanecieron bajo la lluvia. La gente siguió su camino hacia el transporte público. Los carros pasaban con prisa y el Museo Nacional quedó envuelto en un gris espeso que parecía tragarse todo. Solo la diminuta línea roja sobre el piso hacía la diferencia.

No sé quién terminará siendo dueño de aquel cuadro. Puede ser que algún día aparezca en una colección privada, en una exposición o en la basura. Lo que sí parece claro es que de este cuadro ya existen muchas copias, cada una de ellas más mala que la anterior. 

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-carlos-ramirez/

5/5 - (3 votos)

Compartir

Te podría interesar