El déficit institucional de Medellín 

Hacer una transformación no es cambiar un adoquín por otro. Tampoco consiste en quitar unas pirámides para hacer un jardín que luego sea cloaca. Esta Alcaldía ha estado bastante obsesionada con el ornato de la ciudad, hay cuadrillas que corren a pintar cualquier atisbo de grafiti en un muro, pero no han podido con el olor nauseabundo de esta esquina y aquella otra. 

Transformar a Medellín exige ir mucho más allá del barniz estético. Implica entender que la prostitución no se erradica con redactar un artículo en el Plan de Ordenamiento Territorial (POT), ni que la ‘cultura ciudadana’ puede seguir utilizándose como ese comodín conveniente para lavar las manos de la administración ante su propia incapacidad institucional

Si evaluamos la gestión de este periodo de gobierno, en clave del presupuesto, Medellín lo que tenía era un problema de falta de espacios recreativos y deportivos: inversiones millonarias para refaccionar el estadio, construir más piscinas y hacer estudios públicos de grabación musical. ¿Vivienda?¡nu ahg!¿Atención al habitante de calle? ¡pues cómo! ¿Adaptación al cambio climático? ¡ña! 

Pero esas decisiones políticas son apenas el síntoma de lo que viene pasando en Medellín. En los últimos 12 años, unas once personas han ocupado la Dirección de Planeación; el Isvimed se ha medido en subsidios entregados, mientras el déficit habitacional crece; la secretaría de Control Territorial vio cómo el jardín del morro de Moravia desapareció, cómo las casas y edificios —que no ranchos— se treparon en la montaña del cerro Manzanillo en Belén.

Y así la ciudad va mutando mientras nos vamos entreteniendo con videos en Tik Tok de operativos contra jíbaros. Medellín presume un robusto aparato burocrático pero, ante los verdaderos retos urbanos, sus capacidades siguen estando atadas de manos: en la periferia son los combos criminales los que lotean y venden los servicios públicos; el control del ruido es una utopía y la renovación urbana se convirtió en un mito.  

Medellín hace unos años —discutiríamos si por convicción u por obligación— decidió transformarse en un Distrito de Ciencia, Tecnología e Innovación, pero aún hay que solicitar un certificado a una entidad por medio de un correo electrónico, mientras al otro lado un funcionario revisa en un sistema obsoleto, redacta el correo de vuelta y aprieta el botón enviar unas 36 horas más tarde, si le va bien. 

Hacer grandes transformaciones implica sacudir las raíces, por ejemplo, quitarle espacio al vehículo particular para dárselo al peatón cambia un paradigma que por mucho tiempo ha estado arraigado de tener el vehículo en el centro. Pero hacer cualquiera de esas transformaciones es costoso políticamente y hay líderes que prefieren no mirar para donde les resulta incómodo. 

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/daniel-palacio-2/

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