¿Debe el Estado financiar el arte y la cultura?

El mago Kandú volvió a los escenarios esta vez como analista social. El actor Robinson Díaz declaró en una entrevista para el Tercer Canal que rechazaba la afirmación popular de que “hay que apoyar el arte”. Díaz fue enfático en señalar que, si el arte es bueno, las personas van a estar dispuestas a pagar por él como hacen con Bad Bunny o Shakira. El video inundó los perfiles de personas que se oponen a que el Estado financie el arte y la cultura. En tiempos de déficit fiscal, de necesidad de un ajuste al gasto público, los discursos del Estado mínimo ganan cierto brillo.

El argumento de aquel que interpretó a Saul en “La Pena Máxima” —una de las mejores películas hechas en Colombia— es, si se quiere, neoclásico en términos económicos. Díaz acepta en su análisis que el sistema de precios es el mejor mecanismo de valoración social. En ese sentido, si una obra es buena los espectadores van a pagar por ella. Lo bueno, en este caso, está dado por la generación de valor económico. Si el público paga, entonces eso habla de la genialidad de la creación artística. El buen arte será aquel que es valorado con dinero.

¿Qué pasa entonces con aquel arte por el que no se paga? ¿No tiene ningún valor y debería desaparecer? Una posible respuesta a esa pregunta la encontramos en la obra de Michael Sandel, el célebre profesor de filosofía moral de Harvard. Sandel plantea que muchas cosas no pueden ser apreciadas por el sistema de precios pues estaríamos efectuando una falsa valoración. Pensemos por ejemplo en uno de los casos más extremos. No permitimos que se establezca un mercado de compra y venta de niños porque estaríamos valorándolos falsamente. Un niño no es un bien de consumo. No creemos que los buenos niños valen más que los niños malos.  En ese mismo sentido, no permitimos que los ciudadanos vendan su voto porque consideramos que hay un valor asociado al ejercicio de la ciudadanía que no puede ser estimado por el dinero, y que, de hacerlo, estaríamos corrompiendo ese bien, convirtiendo un deber cívico en un asunto transaccional.

Con el arte y la cultura sucede algo similar. Cuando aceptamos que el precio es el único modo de valorarlo estamos realizando una falsa valoración. El arte y la cultura tienen también valor patrimonial y social. Cuando consideramos que su valía está dada solo por la lógica del mercado lo reducimos a mero objeto de intercambio. ¿Si nadie paga por una canción hecha en nukak makú debería desaparecer como patrimonio colombiano? ¿Si las mochilas Wayuu dejan de comercializarse deberíamos permitir que desaparezcan? ¿El Estado no debería invertir recursos para garantizar el mantenimiento del patrimonio cultural? ¿Solo el arte por el que se paga es el que tiene valor?

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-pablo-trujillo/

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