¡Pogo!

Se baila con o sin lluvia. El círculo se abre a la fuerza y se espera el momento preciso. Una guitarra como un aullido, como un llamado, como una campana. El círculo se convierte en huracán cuando la escucha. ¡A saltar! Patada va, patada viene. Brazos también se revolean. Alguien cae y otro alguien extraño, por completo ajeno, lo levanta. ¿Está bien?, pregunta y quien se levanta, todavía aferrado a la mano amiga, sonríe y continúa. A ambos los empujan y todo sigue. Hijueputa va, hijueputa viene. Gritos y risas. Risas y gritos. 

«¡Vamos! ¡Metámonos! ¿Por qué no unirse?», le pregunto.

Si alguien no puede seguir, se lo evacúa, el círculo conoce, respeta y admite las salidas de emergencia para quien necesite un respiro (como los Protocolos de Ginebra, pero mejor). Es una burla a la guerra. Ahí nadie gana pero todos luchan. La causa es la música, las banderas se arrugan. Todos siguen hasta que cesen la guitarra, el bajo, la batería. Golpes se admiten, de eso se trata. Es un baile apretado, hecho de fuerza (como un abrazo). Es un tornado entre montañas que celebra el milagro de sobrevivir los golpes. 

«¡Vamos! ¿Qué te asusta?», le insisto.

La canción se acaba. Los grupos se han diluido entre tanta gente. Queda una masa difusa, visión borrosa y aire agitado. No importa. Después de esto, quienquiera que esté al lado es un alguien sin nombre al que abrazo con la euforia propia del miedo derrotado: adrenalina hecha piel. Otra canción empieza y el círculo vuelve a formarse. Ahí van de nuevo. ¿Qué hace Winnie Pooh acá?, alguien pregunta y Winnie lo empuja para que se deje llevar.

«Nunca hemos estado afuera», me responde. 

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/martin-posada/

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