Ahorramos, planeamos, hacemos cuentas y tratamos de tomar mejores decisiones pensando en el futuro. Sin embargo, no nos estamos deteniendo a mirar el mundo que estamos dejando para quienes van a tener que vivir en él después de nosotros.
En 1950 el mundo producía cerca de dos millones de toneladas de plástico al año. En 2019 ya eran 460 millones: 230 veces más. Y de todos los residuos plásticos de ese año, apenas el 9 % fue reciclado.
También compramos más ropa, desperdiciamos más comida y necesitamos cada vez más energía para sostener la forma en que vivimos.
Las ventas de comercio electrónico crecieron casi un 60 % entre 2016 y 2022. Entre 2000 y 2015, la producción de prendas se duplicó, mientras que la cantidad de veces que utilizábamos cada una antes de desecharla cayó un 36 %. Plataformas como SHEIN y Temu llevan esa lógica al extremo, con precios bajos y novedades constantes que nos invitan a comprar cada vez más, incluso cuando no necesitamos lo que estamos adquiriendo. Detrás hay fábricas, transporte, energía y montañas de residuos. El problema no es una compra puntual: es un modelo que necesita producir y vender siempre más, mientras nosotros nos acostumbramos a consumir sin preguntarnos la real necesidad.
En 2022 se desperdiciaron 1.050 millones de toneladas de alimentos en hogares, restaurantes y comercios: una quinta parte de lo disponible para los consumidores. Ese desperdicio genera entre el 8 % y el 10 % de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero. Cada alimento que termina en la basura desperdició también el agua, el suelo, la energía y el trabajo que se usaron para producirlo y transportarlo.
Cuando multiplicamos todas estas decisiones por miles de millones de personas, produciendo más, usando más energía y generando más residuos, liberamos más gases de efecto invernadero que se acumulan en la atmósfera y calientan el planeta.
Las emisiones mundiales de CO₂ de la energía pasaron de unos 17.000 millones de toneladas anuales hace 50 años a más de 37.800 millones en 2024. Más del doble. Ahora se suma la inteligencia artificial: los centros de datos necesitan cantidades enormes de electricidad y agua para funcionar y refrigerarse. La Agencia Internacional de Energía estima que su consumo eléctrico podría pasar de 485 teravatios-hora en 2025 a 950 en 2030: nuevamente, el doble.
La inteligencia artificial es solo un ejemplo de algo más amplio. La tecnología avanza a ritmos que nos cuesta incluso asimilar, pero también necesita infraestructura, energía y recursos físicos.
Nuestro modelo de producción y consumo alimenta las emisiones que calientan el planeta. Las consecuencias ya las vemos en los fenómenos climáticos extremos que afectan a comunidades enteras. Y cuanto más vulnerable es el territorio, más graves pueden ser las consecuencias.
Naciones Unidas advierte que, con las políticas climáticas actuales, el mundo se dirige hacia un calentamiento cercano a los 2,8 °C en este siglo. Esto implica que tendremos olas de calor, lluvias extremas, inundaciones y sequías; más presión sobre el agua y la producción de alimentos; daños a los ecosistemas y comunidades obligadas a adaptarse o desplazarse.
Nos hemos acostumbrado a hablar de conciencia ambiental en términos de reciclar, cerrar la llave y llevar una bolsa reutilizable. Pero más allá del deseo, ¿verdaderamente estamos cambiando hábitos? Y suponiendo que sí, ¿alcanza para responder a un problema que también depende de cómo producimos, de qué energía usamos y de los incentivos que mueven la economía?
En Colombia, según la Encuesta Nacional de Calidad de Vida de 2024, solo el 40,6 % de los hogares dijo clasificar sus residuos. El Departamento Nacional de Planeación informó en enero de 2025 que se aprovechaba únicamente el 16,9 % de los residuos sólidos del país.
También necesitamos gobiernos capaces de tomar estas decisiones en serio y darles el peso que merecen.
Al final, todo vuelve a una pregunta que nos hacemos en otros ámbitos de la vida: ¿qué queremos dejarles a quienes vienen después de nosotros? Trabajamos para darles educación, ahorramos y construimos un patrimonio pensando en que tengan un futuro mejor. Pero ¿de qué sirve prepararlos para ese futuro si no nos preocupamos también por el mundo en el que tendrán que vivir?
No sabemos cuántos años nos quedan a cada uno. Lo que sí sabemos es que nuestras decisiones tienen consecuencias que van más allá de nuestra propia vida. Parte de la comodidad que disfrutamos hoy puede terminar siendo un costo para quienes no participaron en las decisiones que la hicieron posible.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/daniela-serna/