Al terror estamos acostumbrados. Somos gente de un país donde lo peor imaginado puede materializarse en cualquier momento: así ha sido la historia de nuestra violencia rural, urbana, del crimen organizado, de la delincuencia común, de la guerrilla, del Estado, del para Estado, con todas sus crueldades.
Al miedo de un régimen, no tanto. Aunque las intimidaciones provenientes del poder se han derramado soterradamente sobre unos y otros a lo largo de la historia, incluida la nuestra, la de los que crecimos bajo el amparo de la Constitución del 91, recitando el preámbulo de memoria en el colegio.
Por eso es raro este ambiente con ADLE; porque el miedo resultante de la amenaza directa se siente tan cerca, en sectores que parecían blindados, sagrados en la democracia, más que la virgen de Fátima para el presidente: como la prensa, los periodistas, los gremios, los jueces, tan expuestos últimamente a una muerte social en Colombia, o turística en Estados Unidos, por la falta de la visa.
Pero hay un miedo más miedoso, más angustiante, que es el que produce lo siniestro. En un ensayo de 1919 titulado por Sigmund Freud así, Lo siniestro o, en algunas traducciones, Lo ominoso, el padre del psicoanálisis se ocupa de esclarecer el núcleo que hace que algo que es angustiante, inquietante, sea también siniestro.
Reconoce desde el principio del texto que se trata de un aspecto perteneciente a la estética, materia que en este caso inusual llama la atención del psicoanálisis y cita al filósofo Joseph von Schelling, que definió el unheimlich, como todo lo que “debiendo permanecer secreto, oculto… no obstante, se ha manifestado”.
Freud concluye que lo siniestro es “aquella suerte de espantoso que afecta las cosas conocidas”, “lo antiguamente familiar ahora reprimido”. En Lo siniestro de Freud encontramos la explicación de por qué las muñecas que, de repente, abren los ojos y nos miran son una imagen recurrente en el cine de terror o la razón por la que los escritores del género han usado recursos como los gemelos, los dobles, los espejos, los hombres que se desdoblan, para dar miedo.
Hay que volver a Abelardo por partes, y empezar por la estética, que transita entre lo estridente y lo bélico, en oposición a la idea sobria y civil del poder presidencial. Lo siniestro de esto reside en la destrucción adrede, maquinada, de todo tabú. Asusta que un presidente diga lo que no puede decir y haga lo que no puede hacer en posesión de un cargo como el que ostenta. Otros antes que él habrán tenido armas; otros, antes que él, habrán sentido desprecios; otros, antes que él, habrán querido humillar, silenciar, pisotear, perseguir. Solo él ha decidido manifestar en video y con estricto manejo fotográfico, lo que tendría que permanecer oculto. Los aplaudidores llaman a eso gobernar; pero en realidad es producir espanto.
Lo siniestro se acentúa. Del mismo modo que todo el que haya visto o leído El resplandor tiene grabada la imagen de las niñas gemelas de vestido azul al final del pasillo, el video de la Andi hecho con inteligencia artificial es un ícono de lo ominoso en la creación de terror local.
Se trata del recurso del doble puesto en escena. Porque lo terrible no es ver al tigre vistiendo el saco de Abelardo y destruyendo con su garra al empequeñecido y angustiado Mac Master cuando una voz en off mecánica relata el destino merecido de los de siempre y señala a Paloma Valencia y a Manuel Santiago Mejía, este último como titiritero en la sombra. Lo terrible es la incertidumbre de no saber quién es el verdadero tigre que, como Presidente, pisotea delincuentes vivos y muertos y a Alcaldes de provincia; y, como caricatura, a empresarios, líderes gremiales y excandidatos decentes, hasta que se demuestre lo contrario.
Más bien, lo terrible es estar seguro de que la caricatura de IA y Abelardo, son la misma cosa.
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