Las empresas que solemos llamar partidos políticos

Desde hace meses he querido consolidar mi identidad partidaria en el país donde ejerzo mi cotidianidad política. Creo que eso hace parte del resultado de tener una larga trayectoria de discusiones internas, de enfrentamientos propios y de dilemas éticos a los que, de a poco, he ido encontrando acercamientos. No creo que exista ningún partido, así como no existe ninguna ideología, con lo que se pueda comulgar a ojos cerrados. Ni creando un partido propio se puede llegar a ese nivel de absolutismo identitario. Tampoco creo que llegar a esa respuesta sea una de las grandes preguntas que todo ser humano se debe responder antes de morir, como fantasean a menudo mis colegas de profesión con todo lo que incluya en una misma frase “posición” y “política”.   

Volviendo a lo anecdótico, he encontrado que esa misión es absolutamente inviable en Colombia. La política electoral es espantosamente personalista —en época de campaña uno ve una caras sonrientes con camisa blanca hasta en la sopa—, y el número de partidos es tan grande que no es de extrañar que en esto el Consejo Nacional Electoral le otorgue personería jurídica al “Partido Alopécico Colombiano”, basado eso sí, en una heróica acción afirmativa contra una población históricamente marginada y violentada. Pero más allá de eso, hay algo todavía peor dentro del sistema de partidos: su rampante clientelismo y constante incoherencia dogmática.

En Colombia tenemos un partido liberal que en nada defiende los principios liberales, un partido conservador que se levanta un día con ganas de ser ambientalista, otro día progresista y al otro aleluyo, un partido verde que lo único verde que le gusta son los billetes, y así un largo etcétera. Tenemos partidos que no defienden principios, banderas o programas. Defienden, ante todo, rentas: políticas, económicas, clientelares. Tal como si fueran empresas electorales, pasando elección tras elección subastando avales y vendiendo apoyos.

El espíritu democrático en ese sentido ha quedado desvirtuado. No se puede estar en desacuerdo con los principios de un partido cuando ni siquiera tienen principios. No hay margen de consenso ni pluralismo que sea posible porque no hay intención de concertación sino de transacción. 

A este paso me resultaría hasta tranquilizador terminar dentro de un partido completamente opuesto en términos programáticos con tal de poder hablar de ideas.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-miguel-giraldo/

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