Hay una frase atribuida a Churchill, probablemente apócrifa, según la cual la democracia es el peor sistema de gobierno, salvo todos los demás. Nunca me ha gustado su resignación. Prefiero una versión más modesta y más útil, la que dice que la democracia es el sistema que permite corregir los errores sin tener que matarse. El 3 de noviembre, en las elecciones de medio término de Estados Unidos, ese mecanismo vuelve a ponerse a prueba. Ojalá funcione.
Los números, por ahora, sugieren que sí. Las encuestas recientes muestran a Trump con una aprobación neta de menos 28%, un mínimo en su segundo mandato, y con un rechazo todavía mayor entre los independientes, esos votantes que no se enamoran de nadie y simplemente evalúan gestión. Los demócratas, entretanto, registran una de sus mejores ventajas en la papeleta genérica del ciclo y eso no es un misterio. Es lo que ocurre cuando un gobierno se dedica con tanta dedicación a cagarla.
La derrota que se anuncia para los republicanos tiene poco que ver con una victoria de las ideas demócratas y mucho con un juicio sobre un gobierno, un juicio merecido. Trump prometió bajar los precios y entregó aranceles, incertidumbre e inflación persistente. Prometió orden y entregó un cierre del gobierno interminable y una administración pública descabezada por capricho. Prometió grandeza y entregó, sobre todo, humo y ruido. Gobernar es una tarea tediosa y poco grata que consiste en hacer bien cosas aburridas, como controlar la inflación, mantener las instituciones en pie y dar certezas a quienes producen y a quienes ahorran. El trumpismo desdeñó ese oficio y además hizo de su desprecio una seña de identidad.
Lo más inquietante de esta presidencia es una actitud sostenida en el tiempo, más que cualquier error puntual. Hay un desdén sistemático por el conocimiento. Los economistas estorban, los científicos exageran, los estadísticos mienten cuando los números no gustan y los funcionarios de carrera son el enemigo. La ignorancia pasó de carencia a virtud cívica, casi a programa de gobierno. Se despide a quien sabe, se premia a quien adula, y cuando la realidad contradice al jefe, la equivocada es la realidad. Hay en eso una estupidez tan obstinada y tan orgullosa de sí misma que a veces uno duda entre la indignación y el asombro. Un país que gobierna contra el sentido común no necesita enemigos externos.
A ello se suma una laxitud moral que en cualquier democracia seria habría sido un escándalo mayor y que aquí se volvió paisaje. Los negocios de la familia presidencial con las criptomonedas, los regalos de gobiernos extranjeros recibidos con una naturalidad desconcertante, los indultos para amigos, aliados y donantes, la confusión permanente entre el interés público y el privado. No hace falta exagerar ni inventar nada, basta con describir. Lo que otros presidentes habrían escondido, este lo exhibe, y ese cinismo sin pudor es quizás su rasgo más corrosivo. Cuando el abuso se normaliza, el listón de lo tolerable baja para todos.
Albert Hirschman habló de la retórica reaccionaria y de sus tres tesis recurrentes, la perversidad, la futilidad y el riesgo. Habría que escribir ahora sobre la retórica populista en el poder, que también tiene las suyas. La culpa es siempre de otros, la realidad es una conspiración, los datos son opinables. Agitar la rabia resulta fácil y administrar sus consecuencias mucho menos. La política del agravio es una excelente máquina de ganar elecciones y una pésima máquina de resolver problemas. Tarde o temprano la realidad cobra, a veces en las urnas.
Por eso importa lo que pase en noviembre, y no solo para los estadounidenses. Vivimos una epidemia de simplificaciones. Por un lado está la ultraderecha que convierte al migrante, al diferente y al experto en chivos expiatorios. Por el otro, un populismo de izquierda que con otro vocabulario comparte el método, dividir el mundo entre pueblo y enemigos, desconfiar de los contrapesos, prometer lo imposible. Colombia conoce bien a ambos y los conocerá mejor en los próximos años. Que la democracia más poderosa del mundo muestre que el exceso se castiga, que la incompetencia tiene un costo y que la moderación todavía tiene votantes sería una noticia saludable para todos. Los países pequeños terminamos copiando lo que los grandes hacen, casi nunca lo que predican. Un escarmiento a tiempo contagia esperanza, y la esperanza, en estos días, escasea.
Los demócratas, sin embargo, harían mal en celebrar antes de tiempo, y peor aún en confundir el castigo a Trump con un mandato propio. Las encuestas han mostrado que su partido es visto con menos simpatía que el Republicano, y que muchos votantes irán a las urnas para expresar su oposición a Trump más que su apoyo a otra cosa. Es un voto prestado. Si los demócratas leen mal la señal y deciden que la lección es radicalizarse en lugar de gobernar bien, estarán sembrando la próxima ronda de resentimiento y la victoria apenas habrá sido un respiro. El liberalismo no es la comodidad de los que ganan sino la incomodidad de los que dudan de sí mismos, del poder y de sus propias certezas. Si algo debería volver, es esa duda.
Quizás el mejor resultado de noviembre, más allá de quién controle el Congreso, sea recordar que las ideas liberales, imperfectas y poco épicas, siguen siendo las que mejor protegen a las personas de sus gobernantes. La separación de poderes, la prensa libre, el respeto por la evidencia y la tolerancia como hábito no arrancan aplausos, pero cuando faltan se las extraña.
Después de la fiesta viene el guayabo, y después del guayabo, el trabajo. Ojalá lo recordemos todos.
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