El chisme nos da vida

Doy clic con pena y con rabia, pero doy clic, redimiendo la culpa en que el chisme es un género literario, lo cual no es cierto, pero me pica saber la historia del influencer que tenía la novia en embarazo y apareció en Instagram con otra influencer y la novia en embarazo escribió tremendo mensaje, y yo lo leo en un periódico de relevancia nacional que cuenta, sin embargo, con la misma información que está en Instagram, pero que para mi comodidad lo organizaron con los links importantes y leo, leo con furia y, sin embargo, la culpa aparece como una luciérnaga: que qué hago leyendo yo estas maricadas, que a mí qué mi importan sus historias, que ni los conozco aunque tengan miles de seguidores,

pero ahí sigo

enganchada, encantada, anonada mientras

MariCarmen murió sin volver a su casa, ella, que tenía 87 años y la habían desalojado a la fuerza en Madrid el 23 de septiembre, que estaba en el hospital, agotada y estresada por el desalojo, ella que se había convertido en la cara de un problema grandísimo de vivienda en España, los arriendos caros, imposibles, y que desató protestas y acampadas masivas y solidaridad y nos mostró de frente lo vulnerables que somos, y que aunque está lejos, digamos, de Colombia, Madrid está a todo un océano de distancia, no está tan lejos: en Medellín los arriendos también están caros, la vida también está cara, la vivienda ya es un problema,

pero yo estoy en la página de este periódico, en cambio, pensando en la pobre muchacha en embarazo, que a mí la verdad me enseñaron que la ropa sucia se lava en casa, que cuál es la necesidad, pero igual en la siguiente nota, en la que tiene un título apocalíptico sobre la despedida del influencer, y como una se pregunta si es una despedida del mundo, y se preocupa, digamos que por eso doy clic otra vez y leo con la misma culpa de qué hago leyendo eso cuando

por ejemplo, doña Blanca Pardo, de 72 años, fue víctima de violencia sexual y feminicidio a finales de agosto, que la encontraron en un potrero de su finca en zona rural de Nariño cuando salió a recoger leña, que tenía hipotermia y estaba golpeada, arañada, con lesiones en los brazos y en la espalda, desorientada y sin ropa, que murió luego en un hospital de Pasto por complicaciones, que no alcanzó a decir qué pasó ni quién la atacó, y que solo supimos esta semana, el 6 de octubre, cuando su hija lo contó en el pódcast Vamos pa’eso, cuando casi gritó mi mamá no murió, a mi mamá la mataron, y que no ha pasado nada, que no hay testigos,

que la justicia es tan lenta como siempre,

y que yo, y todos, deberíamos estar llorando por doña Blanca, escuchando a la hija, deteniéndonos en las cifras: según la Defensoría del Pueblo se habían reportado hasta el 31 de julio 278 feminicidios en Colombia, y los municipios con las tasas más altas son Putumayo, Guaviare, Quindío y Nariño, ahí donde doña Blanca fue asesinada, y que no ha sido sumada —la tarea triste de sumarla— en ese número,

pero yo en cambio estoy leyendo que el influencer escribió un mensaje aceptando sus actos y que se iba, no dijo ni de dónde ni a dónde, y que se equivocó, y sigo pensando, sin embargo y sin parar, en qué hago dedicándole tantos minutos a esta gente que no conozco, aunque me dé tristeza de la muchacha en embarazo, que me hace recordar que en este país no hay una sola familia, que es más, las de madres cabeza de familia son mayoría, y no es que piense que el papá no va a responder, pero ajá, quién no quiere une famille nucléaire —perdón pero es que interrumpí la estudiada de francés por este chisme—, o no realmente tan nuclear, pero que no haya una mamá sola sacando al chino o china o chine adelante, y en fin, por qué es que estoy aquí, me pregunto cuando la publicidad no me deja leer, si debería, en cambio y mejor, estar leyendo, alarmados, gritando porque,

por ejemplo, Colombia, ante el Consejo de la ONU, tomó distancia, o fijó su interpretación, de la expresión derechos sexuales y reproductivos,  género, discriminación interseccional y racismo estructural, lo que debería preocuparnos porque son indicadores de cómo el Gobierno se está posicionando frente a los derechos de las mujeres y las personas Lgbtiq+, porque, por ejemplo otra vez, hace escasas semanas el país se retiró de la copresidencia de la Equal Rights Coalition, la coalición internacional más importante del mundo en defensa de los derechos Lgbtiq+,

(se llama silencio)

(también puede ser culpa)

pero en cambio estoy leyendo, estamos leyendo porque es tendencia en redes sociales, la historia de infidelidad del influencer —o lo que parece que fue— y dejando un montón de comentarios como si tuviéramos autoridad para decirle algo a él y a ellas, a opinar de la vida ajena,

y en fin, el chisme primero y no todas esas noticias —por no traer una internacional, la del abuso en Cornell— que deberían preocuparnos —y movernos a decir algo, por lo menos, decir, antes de que sea un milagro— porque nos hablan del riesgo de derechos adquiridos, para empezar solo por las preocupaciones,

y no, nada de eso, no

ni siquiera la noticia de que le dieron el premio Nobel de Literatura a Anne Carson nos ha sacado del estupor, ella que tiene un libro llamado La belleza del marido, ella que escribió sobre su divorcio en poemas, ella que es capaz de detener la belleza, ella que escribió:

Mi marido mentía en todo.

Dinero, reuniones, amantes,

dónde habían nacido sus padres,

la tienda donde se compraba las camisas, la grafía de su propio nombre.

Mentía cuando no hacía ninguna falta.

Mentía cuando ni siquiera le convenía.

Mentía cuando sabía que sabían que mentía

Quizá no se nos ha ocurrido que hay chisme en la poesía —y con más belleza— porque estamos muy ocupados leyendo el chisme local, porque el chisme nos da vida, porque el periodismo (¿el periodismo?) necesita clics, números, publicidad, dinero,

porque yo di clic, porque usted dio clic,

porque necesitamos mentarle la madre a ese muchacho influencer, no importa lo que haya hecho antes, juzguémoslo para no juzgarnos, para no mirarnos, para no interpelarnos a nosotros mismos, porque qué más da, la verdad es que qué hijueputa haberles mandado el mismo ramo, a una con botella de vino, a otra con chocolate, misma cantidad de flores

qué más da

mañana vamos y nos confesamos, nos echamos la bendición y comulgamos que dios  está con nosotros —nosotros los ciudadanos de bien, por supuesto.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/monica-quintero/

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