¿Cuál es la edad correcta para ser una víctima?

Las mujeres estamos hablando del caso de Blanca Pardo, me encantaría que todo el país estuviese hablando de ella, pero como no, entonces dejaré solo “las mujeres”. Cuando a una mujer la matan el mensaje es para todas nosotras: de un Estado que se hace el de la vista gorda frente a las violencias de género, de una cultura de silencio y de complicidad. Y esta preocupación no aparece sola. Mientras hablamos de Blanca, seguimos viendo cifras de feminicidios, violencia sexual y violencias basadas en género que nos obligan a preguntarnos qué tan seguras están realmente las mujeres y las niñas en Colombia.

 Al mismo tiempo, el Estado parece querer reducir el espacio que ocupan algunos de nuestros derechos. El 6 de octubre Colombia se abstuvo en el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas frente a una enmienda que buscaba retirar del texto de una resolución una referencia a los derechos sexuales y reproductivos. Y no es una discusión menor ni solamente de palabras: los derechos sexuales y reproductivos están ligados a la autonomía, la igualdad, la no discriminación y la posibilidad de decidir libremente sobre la propia vida. Mientras las mujeres seguimos necesitando que el Estado nos proteja de la violencia, también tenemos que estar pendientes de que los derechos que hemos conseguido no empiecen a retroceder silenciosamente en decisiones que parecen técnicas, diplomáticas o lejanas, pero que terminan definiendo qué vidas, qué cuerpos y qué libertades merecen ser reconocidos.

Blanca Pardo, una mujer de Nariño, salió a recoger leña a sus 72 años y no regresó. Fue encontrada por su hija desnuda, abusada, con mordidas y gravemente herida. Blanca falleció y, hasta ahora, no hay responsables capturados por estos hechos. ¿Cuál es la excusa ahora? ¿Que la señora de la tercera edad iba vestida de determinada manera? ¿Lo que se encontraba haciendo? ¿La hora a la que salió de su casa? ¿Que estaba sola? Ninguna. No hay ropa, hora, lugar ni edad que convierta a una mujer en responsable de la violencia que otro decidió ejercer sobre ella. Y entonces aparece la pregunta que da título a esta columna: ¿cuál es la edad correcta para ser una víctima? Porque pareciera que hasta para reconocer la violencia contra una mujer necesitamos condiciones. Que sea joven, pero no demasiado joven. Que estuviera en el lugar correcto. Que no hubiera salido sola. Que no hubiera tomado. Que hubiera denunciado. Que hubiera hecho todo aquello que socialmente esperamos de una mujer para considerar que merece justicia. Blanca tenía 72 años. Y aun así terminó agonizando en un matorral después de una violencia que nadie debería tener que soportar a ninguna edad.

Para quienes me leen cada semana, una disculpa por siempre hablar de mujeres y género, pero es que cada semana hay algo peor que lo anterior. Hoy escribo esta columna agradeciendo estar viva. Hace diez años pudo ser una de nosotras y no Yuliana Samboní, una niña de apenas siete años que fue secuestrada, abusada y asesinada en Bogotá. El 31 de octubre de 2025, mientras muchas personas celebraban Halloween y regresaban a sus casas, Magda Patricia Muñoz Montilla, de 44 años, fue atacada a tiros junto a su hijo Sebastián Mora Muñoz en una pizzería de Pasto por su exesposo y padre del joven, el coronel retirado Ariel Mora Rodríguez. Sebastián murió y Magda permaneció cinco días en una UCI hasta que también falleció por la gravedad de sus heridas. Y hoy tenemos que hablar de Blanca Pardo, una mujer de 72 años que salió de su casa a recoger leña y terminó en un matorral, después de una agresión que le costó la vida.

 Entonces vuelvo a la pregunta inicial: ¿cuál es la edad correcta para ser una víctima? ¿7, 44 o 72? ¿Cuál es la edad en la que finalmente entendemos que una mujer no tuvo la culpa? Tal vez el problema es que seguimos buscando la edad, la ropa, la hora, el lugar o la circunstancia que nos permita explicar una violencia que nunca debió ocurrir. Tal vez deberíamos dejar de preguntarnos qué hizo una mujer para terminar así y empezar a preguntarnos qué estamos haciendo como sociedad y qué está haciendo el Estado para que esto siga ocurriendo.

Tal vez mientras leen esto sea triste, incómodo, incluso agotador. Pero les aseguro que esas niñas y mujeres sintieron el infierno mientras compartían con sus agresores y antes de morir en manos de ellos. Y si cada semana tenemos que volver a hablar de ellas, será porque todavía no hemos logrado que sus historias dejen de repetirse.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/tania-torres/

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