Si se intentara definir a la nación a partir de lo que demuestran los aspirantes a ocupar el cargo de mayor reputación social del país, el ejemplificante ético por excelencia, los políticos, ¿qué valores y características podrían atribuirse a esa sociedad?
Lamentablemente, esa sociedad estaría más cerca del estado de naturaleza en la cual impera la sobrevivencia y el salvajismo que de un estado de derecho, civilizado, orientado a construir la posibilidad de un vivir juntos, con autonomía, armonía y sobre todo, alejado de un campo obstinado a la maldad.
El diferente, el contradictor, al que le cabe una idea de país distinta, se transforma en un enemigo. Se acuña el lenguaje de la guerra y no solo eso; detrás de las palabras vienen los pensamientos y luego las acciones protervas. Se ataca en nombre de la defensa, en toda narrativa el político en cuestión es el atacado y su derecho de defensa le impulsa, casi le obliga, a destruir la amenaza. Esa lógica predatoria radicaliza los nichos, disminuye el diálogo y glorifica el fanatismo: se repite la misma propaganda para el mismo público de convencidos; no hay lugar a la contradicción, no hay cabida para la crítica.
Allí la confianza desaparece, pues resulta nociva, peligrosa. La desconfianza es la que reina, en una sociedad de hostilidad la agrupación de mafiosos y violentos resulta conveniente. Se destruye la creencia sobre la dignidad para pasar sobre ella, se polariza entre buenos y malos, justos y tramposos, y con eso, comienza a asomarse visiones sobre la destrucción, el aniquilamiento de aquel que no encaja en un modelo excluyente de país.
La invitación es a no seguir el camino de los llamados a darnos ejemplo. Incluso, a actuar en rebeldía haciendo lo contrario a lo que ellos practican, tejiendo, cultivando, cuidando la confianza. Es un camino difícil, áspero, incómodo. Es necesario vulnerarse, rebajarse, concientizarse de la finitud y la imperfección que se carga por haber nacido humano; pero también, por esa misma naturaleza humana, dedicarse al otro, a su bienestar incluso cuando eso implique un deterioro del propio, responsabilizarse en el crecimiento ajeno para que el otro también lo haga en el propio.
Ahí, y solo ahí, puede florecer un vivir juntos.
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