Luiz Inácio Lula da Silva, tres veces presidente del país más grande de América Latina, busca un cuarto mandato. El domingo se enfrentó a Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, y la política electoral volvió a demostrar su capacidad para desmentir certezas: el heredero ganó la primera vuelta. Apenas dos puntos porcentuales y cerca de 2,4 millones de votos separaron a los candidatos. Brasil tendrá segunda vuelta y la izquierda regional podría sumar otra derrota.
En Colombia, algunos intentaron sobrellevar su propia tusa electoral aferrándose a Lula. Durante una semana hablaron portugués, publicaron banderas brasileñas y se presentaron como seguidores de toda la vida. Los aficionados a las cábalas dirán que terminaron mufándolo. Pero la ironía más interesante es otra: buena parte de la izquierda colombiana que celebra a Lula probablemente detestaría a un Lula colombiano.
Con todo lo que vimos en la campaña electoral de Colombia este año, aquí sería acusado de traidor, neoliberal, extractivista, amigo de los empresarios y aliado de la derecha. Porque Lula, a diferencia de nuestra izquierda de papel, entendió hace mucho que gobernar no consiste en recitar un catecismo ideológico, sino en administrar contradicciones.
Cuando llegó por primera vez al poder, mantuvo la disciplina fiscal, elevó la meta de superávit primario y reformó el régimen pensional de los funcionarios públicos. No abolió el mercado ni declaró enemigos a todos los empresarios. Combinó programas sociales ambiciosos con estabilidad económica, inversión privada y responsabilidad fiscal. Es decir, hizo varias de las cosas que en Colombia bastarían para recibir el calificativo de “neoliberal”.
Tampoco tuvo inconveniente en construir una alianza con Geraldo Alckmin, antiguo adversario presidencial y dirigente de origen centroderechista, para convertirlo en su vicepresidente. Mientras aquí la izquierda mientras gobernó prefirió buscar “notarios de sus ideas” y no escuchar a quienes le podían aportar más a su proyecto político. Lula comprendió que las mayorías no se construyen hablando únicamente con quienes ya están convencidos sino trabajando con quienes piensan distinto.
Su pragmatismo también incomoda en materia ambiental. Lula ha defendido la exploración petrolera (a dos manos) cerca de la desembocadura del Amazonas. Su gobierno ha entregado créditos históricos al poderoso sector agropecuario, promovido concesiones y asociaciones público-privadas y buscado atraer capital extranjero. No porque haya abandonado la izquierda, sino porque Brasil necesita producir, exportar, generar empleo y financiar su política social.
Ojo porque lo último que pretendo es idealizar a Lula, pero algo debe haber hecho bien un personaje que lleva 3 mandatos y contando. Lula merece críticas por sus errores, sus alianzas cuestionables, escándalos personales y las contradicciones entre su discurso ambiental y su política energética. Pero esas críticas deben partir de lo que realmente es: un dirigente de izquierda que aprendió que transformar un país exige enfrentar la realidad.
Ahí aparece la diferencia con la izquierda de papel colombiana. Una izquierda atrapada en la superioridad moral, experta en dividir el mundo entre puros e impuros y convencida de que repetir “el cambio” equivale a realizarlo. Una izquierda que exige resultados, pero condena las decisiones difíciles necesarias para obtenerlos; que reclama mayorías, pero desprecia a todo aquel que piense distinto; que habla de transición energética como si los recursos para financiarla aparecieran por manifestarlo con el universo.
Lula nació obrero, fue sindicalista y conserva una identidad inequívocamente izquierdista. Sin embargo, no ha gobernado como un activista universitario, ni como un poeta nostálgico del pasado, ni como bodeguero de una cuenta de X. Ha gobernado un país continental, con empresarios, militares, sindicatos, ambientalistas, agricultores, mercados y un Congreso fragmentado.
La importancia de Lula no radica en haber gobernado sin contradicciones, sino en haber entendido que gobernar consiste precisamente en resolverlas. Esa es quizá la lección que la izquierda de papel colombiana se niega a aprender: las transformaciones no se consiguen preservando la pureza del discurso, sino tomando decisiones, construyendo mayorías y asumiendo costos. A Lula lo admiran como símbolo, pero todavía no comprenden su política.
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