Destinitos fatales

La obra de teatro destinada a conmemorar los 50 años de la muerte de Andrés Caicedo es un buen ejemplo de cómo un autor supera su materia, esa forma corpórea y se convierte en un símbolo. Para algunos, de la irreverencia de una época, para otros de la fuerza que tiene la literatura en una sociedad que como en los años setenta sigue jugándosela por la vida.

Contrario a lo que se dice, la obra del escritor caleño no es una apología a la muerte; al contrario, es un llamado a vivir la vida con sus bordes destructivos, sus placeres mundanos y su caótica genialidad, la cual debe ser vista lejos de la mojigatería de los policías de la existencia.

Uno de esos policías es el director del Instituto Caro y Cuervo, Sergio Esteban Vélez, quien en los últimos días hizo una declaración en redes sociales sobre Andrés Caicedo. Asegura que sus demonios lo consumieron, que su rebeldía lo llevó al suicidio a los 25 años y que, atrapado en las drogas y devorado por el anarquismo, se alejó de las buenas costumbres. Según esta lectura, podríamos pensar que la rebeldía del escritor le impidió convertirse en uno de los grandes exponentes de la literatura colombiana y en el segundo Nobel. Nada más equivocado a las pretensiones del integrante de Caliwood. El funcionario de uno  de los centros más importantes de las letras en el país con tono sacerdotal afirmaba que la irreverencia, el inconformismo y la búsqueda que atraviesa la obra de Caicedo terminó convirtiéndose en promotor de desviaciones que debieron corregirse: “Ya es hora de dejar de aplaudir el abismo que representa”.

Después de escuchar estas declaraciones, sentí que podrían ser parte de la obra del propio Caicedo, imagino en su Calicalabozo, un personaje con aires vampirezcos que le chupa la sangre a quién se salga de las normas establecidas por la gente de bien. No tengo dudas que si Caicedo estuviera vivo escribiría un cuentico titulado: Veritas liberabit vos – La verdad te hará libre, el cual terminaría con una de sus más célebres frases: “Bienaventurados los imbéciles, porque de ellos es el reino de la tierra”.

La irreverencia de Andrés Caicedo permitió que muchas generaciones no tragáramos entero, que los jóvenes que crecimos en los barrios con menos privilegios y los que por azares de la vida nacieron con ellos, pudiéramos revelarnos frente a lo establecido: es decir, contra las normas que nos uniformaban en los  destinitos fatales. Angelita con su mirada mutante nos dio un motivo para caminar las noches y sentirnos participantes de las maravillas absurdas del amor. Los bares de mala muerte y las conversaciones con la gente de a pie nos llenaban la existencia y nos permitían cambiar el mundo hablando de política, citando medio ebrios alguna frase de Marx, Freire o cantando hay Fuego en el 23 de la Sonora Ponceña. Esos instantes para algunos despreciables, para otros representaban la vida misma…

Motivado por la experiencia que significa el universo de Andrés Caicedo fui al teatro Julio Mario Santo Domingo a presenciar el lanzamiento de la obra Destinitos fatales, una adaptación  de la compilación póstuma de los cuentos editados por Sandro Romero Rey y Luis Ospina, que incluye textos como Cineclub vampiros. Veía en ese espacio varias generaciones conversando sobre la vida y sobre el futuro. En particular, me llamó la atención un abuelo, su hija y nieto que leían a media voz un cuentico de Caicedo llamado El Ideal. El joven de unos 17 años miraba a su abuelo con los ojos de  quien le cabe todo el mundo en la cabeza. Sonreía y su madre asentía ante cada palabra narrada, como quien reconoce que algo de todo eso también es ella, su hijo, su padre; quien les habla y quien lee estas líneas. Al parecer Andrés Caicedo nos incluye a todos en su universo distópico de tierra caliente, en sus amores y tristezas, en su vida y en su muerte.

Ante tal escena, recordé una experiencia que tuve como profesor de literatura en un colegio militar de Cundinamarca. Allí, quien ungía de director era un Sargento Mayor, que por alguna razón me permitía llevarle la contraria  y hacer de mi clase una tregua. Mi grupo de 11° que poco le interesaba la lectura y solo deseaba el polígono, rápidamente se despojaron de las botas, riatas y banderines. Sentados en las zona verde, a la par hombres y mujeres leyeron ¡Qué viva la música! y  por el mismo semblante Opio en las Nubes. Lograron algo que para el Director de Caro y Cuervo sería una herejía, una aniquilación de las buenas costumbres que no se puede celebrar. Pero que para mis estudiantes fue una conquista a la monotemática educación castrense. Como podrán imaginar, mi paso por aquella institución fue express. Sin embargo, antes de salir de allí, el Sargento Mayor me dijo lo siguiente: “mire joven, que bueno que se va, porque acá  su forma de enseñar está trayendo muchos problemas, los pelados están haciendo muchas preguntas y no quieren seguir las reglas; pero, por otro lado, que mal que los estudiantes pierdan la posibilidad de divertirse en una clase que antes no les interesaba”. Me dio la mano y sonrió, como un militar antiguo, es decir, insustancialmente.

Andrés Caicedo está más vigente que nunca. Su obra no es una apología al suicidio, como algunos eruditos tropicales quieren hacernos creer; es, a mi parecer, una expresión de esa rebeldía que impulsa la vida a ser vivida. No está de más recordarlo como lo escribió el propio Caicedo: confiando en unos pocos buenos amigos…

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-carlos-ramirez/

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