¿Un presidente con pistola?

La aparición del presidente portando un arma esta semana causó revuelo. «¡Antirrepublicano!», «Va en contra del carácter civil de la presidencia», «Peló el cobre”, “¡Dictadorzuelo!»… Entre lunes y jueves “X” estalló en insultos y diatribas, e incluso entre las comentadoras más sofisticadas no hubo quién defendiera al pistolero.

¿Pero verdaderamente es tan novedoso que un presidente aparezca portando un arma? ¿Debería escandalizarnos a tal punto? Y si sí, ¿Por qué?

En la muy breve historia de las repúblicas democráticas modernas (la más antigua y estable, aún con todas sus contradicciones y debilidades, es Estados Unidos), los presidentes no sólo han portado armas: también han sido retratados con espada, sable y pistola en mano.

Para entender por qué, debemos remontarnos a los orígenes del republicanismo, su antecedente fundamental: el movimiento ilustrado, y su madre filosófica: el contractualismo. La obra fundamental de esta última es El Leviatán (1651). Cuando Thomas Hobbes se sentó a escribirla, Europa se estaba desangrando debido a sus incesantes guerras civiles y religiosas. De ahí que Hobbes planteara un problema clave: si todas las personas tienen acceso a las armas y pueden ejercer violencia para cumplir con x o y objetivo, viviremos en guerra perpetua. Es por esta razón que debemos ceder nuestra libertad (en este contexto, entiéndase por libertad el derecho a ejercer violencia) y reconocer una autoridad soberana: la única que podrá tener armas. Con esto, ya se establece un vínculo claro entre el gobernante y las armas: en la era moderna el Estado representa, primero y antes de nada, ese ente que, como diría Max Weber, detenta el monopolio legítimo de la violencia.

Y, sin embargo, antes de que surgieran las repúblicas democráticas modernas, esta asociación entre la figura del gobernante y las armas todavía no era tan clara. Después de todo, la monarquía se valía más de símbolos sagrados y tradicionales que militares para legitimar su poder. Basta con revisar el retrato oficial de Luis XVI, pintado por Antoine-François Callet en 1779. Los símbolos del poder y la autoridad monárquica no son una espada ni una pistola: son el manto, el cetro y el trono.

La transformación ocurrió en el siglo XVIII, con las revoluciones que dieron lugar a las primeras repúblicas democráticas modernas. Para crear los nuevos Estados republicanos, había que tomar las armas contra los reyes. Fue así como el ciudadano que toma las armas para defender la Revolución se convirtió en un elemento fundamental de la república, y los primeros presidentes en representantes de la ciudadanía armada. George Washington, por ejemplo, aparece en múltiples retratos con su espada y su rifle. Cientos de esculturas y obras de representan a Bolívar cargando su espada. San Martín siempre es retratado con su sable. O’Higgins aparece uniformado. Y Sucre con su traje de general.

La tensión fundamental de este meollo está en que, aquellas armas que nos ayudaron a fundar la República y consolidar el Estado, en una república democrática moderna, también deben estar sometidas a las instituciones. A esto se suma que, en el siglo XX, la supremacía del poder civil sobre el militar se convirtió en un principio fundamental de las democracias constitucionales. De ahí que sea menos común encontrar retratos de presidentes armados en nuestra era…  

Y quizás es mejor que así sea. Después de todo, si algo hemos aprendido en el último siglo, es que la democracia es frágil, y que los presidentes que juegan con símbolos de poder, a menudo terminan montando trono.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/maria-emilia-gouffray/

Califica esta columna

Compartir

Te podría interesar