¡Firmes por la patria!

Lo más grave, en el caso de Eichmann, era precisamente que hubo muchos hombres como él, y que estos hombres no fueron pervertidos ni sádicos, sino que fueron, y siguen siendo, terrible y terroríficamente normales.

—Hannah Arendt.

Me contó Pericles, el de ojos pesados y horóscopo tieso, que el fin de semana pasado viajó a Villavicencio «para visitar a un amigo futuro» (yo tampoco le entendí). Después de pagar el peaje y coronar el descenso por la carretera reconocida por su olor a frenos y camiones que bajan a toda mecha entre túneles y puentes desafiantes, se detuvo en un chuzo cualquiera que anunciaba «Delicias» en un desteñido letrero azul de Postobón. Parqueó y notó que, quizás, él era el responsable del asfixiante aroma a engranajes malgastados…

Pericles había madrugado demasiado y la salida de Bogotá lo había dejado exhausto (puede que hasta estuviera enguayabado). «Un tinto y una arepa de queso con chorizo, por favor», ordenó sin mirar al mesero que lo atendió, también, sin mirarlo. «¡Firmes por la patria!», escuchó que le respondió a su pedido con una voz afónica, como de espanto o de una laringitis aguda. Confundido, Pericles alzó la mirada para ver si en los ojos del mesero descifraba el tremendo sinsentido de esa afirmación en ese momento y, sobre todo, el porqué de semejante disfonía. «Disculpe, señor», respondió, ahí sí, la voz templada del mesero, notando la duda de su cliente: «Es la cotorra del patrón. Solo conoce esa frase…» 

Al parecer, ese verdeoscuro, pechiamarillo y melancólico animal acostumbrado a volar en caravana había perdido el rumbo y el patrón (que no estaba ese día) lo encontró caminando sobre el guardarraíles que separa el abismo de la carretera. «Sería un desenlace poético, una paradoja multinivel, otra agridulce victoria del peso sobre la levedad», me dijo Pericles al imaginar que un pájaro podría decidir lanzarse al vacío. Pero en fin, el patrón se detuvo, la recogió, la montó al asiento del copiloto y la llevó al restaurante. 

Al parecer, durante ese recorrido de rescate, el patrón tenía la emisora del carro prendida y estábamos en época de elecciones. La voz de De la Espriella, auspiciada por las enamoradas miradas de los periodistas azules de este país, sonaba y sonaba en todas las frecuencias. Alguna que otra cosa decía entre tanta cosa. Ruido. Tanta bobada decía que, de repente, la cotorra rescatada musitó: «¡Jirmes por la patria!»

Según le contó el mesero —que ahora sí lo miraba a los ojos—, el patrón era un tipo más bien tranquilo al que la política lo tenía sin cuidado desde el asesinato de Galán. Como solo escuchaba a De la Espriella en la radio y en las cadenas de WhatsApp; como le parecía que hablaba con cierta fluidez y que no lo corchaban nunca (porque no le preguntaban nada de verdad, pero eso el patrón no lo sabía y, en realidad, lo tenía sin cuidado), pensó que esa exclamación de su cotorrita solo podía ser una buena señal. «Por fin», concluyó el patrón, «tengo claro mi voto». Poco sabía que la cotorra lo único que hacía era repetir el ruido. 

Desde entonces, la cotorra pasa el día en un guayabo raquítico ubicado al frente del chuzo. Cada que llega un cliente, grita con su pico que parece oxidado: «¡Jirmes por la patria!» Hay quienes le toman fotos y le hacen videos que, orgullosos, publican en redes sociales escoltados por un hashtag firmesporlapatria o una bandera de Colombia o un emoji de un tigre que —pobrecito— nada tiene de monótono ni de caribeño. 

Pericles pidió un segundo tinto y disfrutó viendo cómo las gentes posaban al lado de la cotorra. Se rió en solitario y casi se echa el café encima dándose cuenta de las semejanzas entre fotógrafos y fotografiada. También pensó (y esto me lo dijo ya con la lengua suelta por los varios tragos que teníamos encima) que esa cotorra, con barba, podría llegar a ser mejor presidente que el presidente mismo. «Me sorprende que no esté incluida en el gabinete», le respondí, borracho ya también. «Debe ser que no tienen presupuesto pa pagarle el peaje y llevarla a Bogotá», concluyó Pericles y se fue a orinar. 

Esa mañana, mi viejo amigo de tiempos peores terminó su segundo café, prendió un cigarrillo en el parqueadero y, antes de montarse al carro para continuar por su camino incierto, se acercó a la cotorra y le dijo:

—¿Lorita quiere cacao? 

—¡Firmes por la patria! —le respondió.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/martin-posada/

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