Trabajar en familia

Hoy hace 38 años mi papá fundó su empresa.

La que me ha dado todo. De la que soy parte.

La fundó a los 26, aunque ya venía emprendiendo desde los últimos semestres de la universidad. A los 16 les pedía a sus profesores que le permitieran hacer trabajos sin afectar su horario laboral. Desde entonces, de alguna manera, trabajo y vida siempre han sido la misma cosa para él.

Es, probablemente, la persona con la que más discuto y también la que más admiro. En quien pienso cada vez que no encuentro una solución. Sabe de todo un poco: es alcahueta y amoroso, cascarrabias, exigente e inquieto.

Pero mi historia con las empresas familiares no empezó con él.

Mi abuelo y sus hermanos trabajaban juntos en un granero. Mi tía abuela era la secretaria en el consultorio odontológico de mi tía, la odontóloga. Y mis papás trabajan juntos desde que yo nací.

Para mí siempre ha sido normal ver a una familia trabajar unida. Conozco esa dinámica desde pequeña: discutir por algo de la empresa y seguir almorzando juntos, hablar de clientes en la casa, resolver un problema de trabajo mientras se organiza la vida familiar. Aprender a distinguir cuándo se está hablando como papá, como hija, como jefe o como compañera de trabajo.

Lo que para mí ha sido parte de la vida desde siempre también hace parte de la vida de muchas familias colombianas. Una estimación de la Superintendencia de Sociedades señala que cerca del 70 % de las empresas colombianas son familiares.

El DANE encontró que en 2023 había 4,5 millones de hogares colombianos con al menos un micronegocio. En esos hogares vivían cerca de 15 millones de personas y, en el 70 % de ellos, el propietario del negocio era además la persona que sostenía económicamente el hogar. No todos esos negocios son empresas familiares, pero el dato ayuda a entender una realidad muy colombiana: para muchas familias, el trabajo y la vida están estrechamente relacionados.

Porque el negocio, además de ser el lugar donde se trabaja, es lo que paga la casa, el patrimonio que se ha construido, la universidad de los hijos o la ayuda para los papás. Es también una fuente de motivación y propósito, y una responsabilidad con empleados, clientes y proveedores.

Y cuando el negocio y la familia están tan unidos, no siempre hay una línea clara entre lo que uno trabaja y lo que uno aporta. En muchos negocios familiares hay personas que trabajan sin recibir una remuneración directa, otras que reinvierten lo que podrían sacar del negocio y otras que durante años aceptan ingresos menores porque sienten que están construyendo algo propio.

Y tampoco es fácil. No es fácil trabajar con la persona con la que uno vive, tener al papá de jefe, a la pareja de socia o a los hermanos como compañeros de trabajo. Hay que aprender a discutir en la oficina y llegar a la casa sin seguir discutiendo, a tomar decisiones difíciles sin volverlas un problema familiar y a entender que, aunque la empresa y la familia se mezclen todo el tiempo, no son lo mismo.

Y con los años aparecen otras dificultades. La empresa cambia, llegan las crisis, aparecen nuevas tecnologías, hay meses buenos y meses malos, cambian las personas y llegan nuevas generaciones. En algún momento también toca pensar quién va a continuar con lo que otros empezaron.

Por eso pienso en las familias que, después de 10, 20 o 30 años, siguen trabajando juntas. En quienes convirtieron un proyecto personal en empleo y oportunidades para otros, construyeron patrimonio y siguieron apostándole a un sueño que empezó mucho antes que ellos.

Porque mantener una empresa durante décadas no es solamente hacer empresa. Es hacer país.

Hoy mi papá cumple 38 años de haber fundado la suya.

Y yo creo que eso merece celebrarse.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/daniela-serna/

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