Encontré el secreto a la felicidad

Después de muchos años en esta tierra, 24 para ser exacta, creo haber encontrado el secreto de la felicidad. Y, como es de costumbre, no creo le vaya a gustar querida lectora, querido lector, con lo que hoy vengo a incomodarla, a enfurecerlo.

Ni Sócrates se atrevió a tanto cuando propuso que la felicidad viene del éxito interno. El secreto “no se encuentra al buscar más, sino al desarrollar la capacidad de disfrutar de menos,” dijo ese señor hace varios miles de años. No me suscribo tampoco a la visión de Epicuro, porque no creo que la felicidad venga del placer moderado, combinado con la ausencia de dolor y la tranquilidad del alma. Porque yo ya lo encontré, teniendo placeres desbordantes, bastante dolor, y muy poca tranquilidad.

Vivir feliz, para mí, ha sido el resultado de comer mucha mierda. Y no me refiero a la mierda que clasifica por género, color de piel, estrato social, inteligencia o habilidad. O quizás sí, estoy segura ya me dirá usted.

Pero me refiero más bien a la mierda universal. Aquella en la que todos alrededor del mundo, amantes y odiosos, jóvenes y viejos, gringos y chinos y colombianos y daneses y afganos y senegaleses, nos podemos poner de acuerdo.

Déjeme entonces recapitular, porque ya he mantenido este, mi espacio, durante casi cinco años y, siendo honesta, ¿quién tiene tiempo de ponerse a leer más de 200 columnas de opinión? Y de una mala periodista, aquella sin fondo, además. 

La mierda a la que me refiero es de la que no me acuerdo casi, pero que se siente en el alma. Cuando a los tres años, a mi papá, de 29, lo internaron con urgencia a una clínica por una trombosis. La misma que le dio a Calero. O, algunos años después, cuando mi hermano sobrevivió a pulso y dos veces al cáncer cerebral, a una infección, a una radioterapia, y a una fisioterapia que lo ayudó a guiar cada célula de perrenque que tiene de nacimiento por y para su recuperación. Hace poco, de hecho, celebramos sus 18 años.  

O también, por ejemplo, el haber afrontado cuando alguien escribió una lista de personas que mataría – en orden – si fuera a hacer un tiroteo escolar. Y cuando yo estuve de tercera. Claro que prendí las alarmas, hablé con cuanto profesor había. Creo que ahora, después del tiroteo en la Institución Educativa Gabriel García Márquez en Medellín del 9 de septiembre (con un arma de compresión), o después de que el gobierno de Abelardo de la Espriella levantara la suspensión de los permisos para el porte de armas, se lo tomarían un poco más en serio. Eso espero, al menos.

A eso me refiero con mierda universal. No creo que haya alguien existente que no esté de acuerdo.

Entonces, aquí va mi secreto. Todo lo que mencioné arriba es personal. Interpreté absolutamente cada una de esas cosas como un ataque de Dios, de una persona, o de la vida misma, en contra mía, con nombre y apellido. Y quién quita que lo haya sido: la vida quería castigarme a mí, pudiéndome quitar a mi persona favorita por algo tan ridículo como una trombosis por dormir con el brazo levantado, debajo de la cabeza; o Dios veía, después de 15 años, que yo no era una creación digna de su grandeza; o esa persona en realidad sí quería que yo parara de existir, y estaba dispuesto a hacer lo que fuera para lograrlo. Quién sabe.

Mi apariencia es una burla a estas mismas palabras, estoy segura de que dirán. Que no viví lo que fue un país infestado de guerrilla, porque nací en el 2002, entonces qué voy a saber sobre sentirme insegura. Que por las oportunidades que he tenido, que porque tuve el privilegio de tener una familia de madre y padre y hermano e hija, no sé lo que es el abandono, lo que es estar a mi suerte. Y tendrán razón, en parte por lo menos.

Yo no sé lo que es el abandono de una familia a una hija; no me consta. No sé qué es enterrar a un padre o a una madre o a un hermano o hermana. Tampoco sé qué es no saber dónde están los restos de mis seres queridos, como las madres en la Escombrera o aquellas de la Plaza de Mayo. No tengo ni idea qué es un secuestro, y mucho menos por un grupo delincuencial. Y puedo seguir, con tantas mierdas universales que hay.

Pero lo que sí es seguro es que les leeré con suma minucia, cualquier desprecio o aplauso que me den, porque eso siempre termino haciendo.

No me tomo nada personal, porque lo personal lo conozco. Esa mierda me la sé al derecho y al revés. Y créame, querida lectora, querido lector, que un comentario en redes sociales es todo menos personal. Porque, al final del día, ¿qué tan miserable tiene que ser alguien para querer que otro lo sea? Y, ¿qué tan genuinamente poco creativo se debe ser para insultar a la otra a través de una pantalla, en pleno 2026, y con tantas herramientas aportantes que tenemos a nuestra disposición? Eso tiene que ver más con el emisor que con el receptor, si me lo preguntan a mí.

Sea feliz, y por ahí derecho le regalo la parte del dejar ser al otro. Incluso al que no piensa como usted, incluso al que le incomoda, incluso al que odia, incluso al que lo enfurece y no le puede ver la cara ni en pintura. Incluso si soy yo. Porque uno, al final, no necesita el permiso ni la aprobación de nadie para serlo. 

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/salome-beyer/

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