Hace unas semanas, Claudia López apareció abrazada a Gustavo Petro para anunciar la (re)reedición de su alianza política. La foto despejó cualquier duda: López decidió darle la espalda al centro y acercarse una vez más al petrismo. La escena refuerza la imagen camaleónica que la ha acompañado durante el último tramo de su carrera política. Esto no significa desconocer su trayectoria. Se puede cuestionar con firmeza a la Claudia López de hoy y, al mismo tiempo, reconocer que ha sido una de las mujeres más relevantes de la política colombiana reciente.
El problema no es que dialogue con Petro. La democracia exige acuerdos, incluso entre adversarios. El problema es lo que representa esa alianza: su renuncia a construir una opción de centro con identidad propia, vocación de poder y capacidad para romper la lógica de los dos bandos que se disputan el país. Colombia parece encaminarse hacia una especie de nuevo Frente Nacional. No es una reproducción exacta del acuerdo entre liberales y conservadores, sino una dinámica semejante: dos bloques que se necesitan, se retroalimentan del miedo al contrario y reducen cualquier alternativa a la irrelevancia.
De un lado está la extrema izquierda; del otro, una extrema derecha cada vez más radical. Ambos prefieren convencer a sus seguidores de que el adversario representa una amenaza existencial antes que someterse a un examen serio de resultados. La fórmula es parecida: muchos aplausos en redes sociales y muy poca gestión.
En ese escenario, el centro debería ser algo más que una etiqueta electoral. Tendría que ofrecer una alternativa contra la estridencia, el personalismo y la incompetencia. Claudia López tenía la trayectoria y el capital político necesarios para ayudar a construirla. En lugar de hacerlo, prefirió regresar al espacio del que durante años intentó diferenciarse. Su decisión refleja el desespero utilitario de quien teme quedarse por fuera del siguiente reparto electoral. Después de cuestionar duramente a Petro y presentarse como una alternativa autónoma, ahora vuelve a su lado esperando que los electores olviden lo dicho durante la campaña.
Cambiar de opinión no es necesariamente una falta. Un dirigente responsable debe saber rectificar. Pero una cosa es revisar una posición con argumentos y otra acomodar los principios a las necesidades electorales. Claudia López no ha explicado qué cambió en el petrismo para justificar su regreso. Lo que sí cambió fue su situación política.
También queda en evidencia su dificultad para jugársela por un proyecto que no gire alrededor de ella misma. Construir una opción de centro exigía paciencia, generosidad y disposición para impulsar otros liderazgos. Al acercarse nuevamente al Pacto Histórico, parece admitir que prefiere negociar un lugar dentro de una estructura ajena antes que asumir el trabajo de construir una propia.
Es lamentable porque su trayectoria fue admirable. Claudia se destacó como investigadora, denunciante de la parapolítica y senadora. Fue candidata a la Vicepresidencia y se convirtió en la primera mujer elegida para gobernar Bogotá. Su Alcaldía no fue la mejor, pero tampoco la peor. Además, estuvo atravesada por una pandemia que obligó a tomar decisiones sin precedentes.
Su principal problema no fue un episodio aislado de su administración, sino haber convertido el cambio de postura en un método político. Sus contradicciones terminaron opacando sus logros. Hoy se habla menos de la senadora que enfrentó poderes ilegales o de la primera alcaldesa de Bogotá, y mucho más de una dirigente que modifica sus alianzas según la conveniencia del momento.
Su trayectoria deja una lección paradójica: para llegar lejos se necesitan inteligencia, valentía y disciplina; para trascender también hace falta fidelidad a los principios. La capacidad de adaptarse puede permitirle a un político sobrevivir, pero solo la coherencia puede darle un lugar respetable en la historia.
Claudia López todavía tendrá votos, seguidores y espacios de poder. Lo que ya no tiene con la misma facilidad es credibilidad. Al darle la espalda al centro, traicionó la confianza de quienes alguna vez creyeron (y creímos) que representaba una manera distinta de hacer política. Al final, quizá sea recordada por haberle dicho al país: “estos son mis principios y, si no sirven para la próxima elección, tengo estos otros”.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-carlos-bolivar/