Lo he dicho reiteradamente en esta columna y en otros espacios profesionales y sociales en los que participo: en este país no vamos a solucionar ningún problema de fondo, estructural, mientras no se incluya a nuestros grandes empresarios como causa –y no solo como solución, que también lo son– de nuestros grandes flagelos: desigualdad, corrupción, inseguridad, polarización, exclusión, etc. Y seguiremos así mientras no se les quite ese velo de intocables con el que la “opinión pública” y la figura de la “persona jurídica” los protegen y los amparan.
Ahora no me vengan con el cuento del sesgo antiempresa, que no lo tengo. He trabajado con algunos de ellos o para sus empresas y en general me han tratado muy bien. Precisamente no deja de llamarme la atención que personas que son de tan buen trato en las relaciones interpersonales –la mayoría, no todos– sean tan desalmados en el mundo de los negocios.
La semana pasada escribía precisamente aquí que eran el quinto y el principal poder del país –y del planeta, especialmente en los países capitalistas– y los relacionaba con el presidente Abelardo de la Espriella (ADLE). Lo que me lleva a volver sobre el tema es que si bien la mayoría se declara gobiernista, con el cambio de gobierno están demostrando que eso no es cierto. Lo son solo cuando les conviene y eso tiene hondas y nefastas consecuencias para la democracia y para la sociedad.
Con Petro como presidente salieron del clóset de la prudencia y mostraron –a título particular o gremial– todo su poderío para contener, por fortuna, algunos desmanes del gobierno; lo utilizaron, igual pero infortunadamente, para parar algunos de los más relevantes proyectos sociales del “Gobierno del cambio”. Con ADLE, al contrario, están mostrando una peligrosa complacencia frente a los abusos de poder que, literalmente, exhibe, varios de los cuales atentan contra el Estado de Derecho, la Constitución, las libertades y el equilibrio de poderes, que tanto dicen inquietarles como demócratas que también afirman ser. Su democracia, sin embargo, parece selectiva.
Hacer empresa no es fácil y ser empresario menos. Hacerla de cualquier manera, o, como dice el refrán, “hacer una gran fortuna haciendo harina a los demás”, es lo censurable y no tiene mérito. Y ese parece ser el caso de una parte de los grandes empresarios, algunos, incluso, de los más reconocidos.
En Colombia hay muchos casos bien documentados de malos grandes empresarios o de malas prácticas empresariales de grandes empresas. Gerardo Reyes publicó la Biografía no autorizada de Julio Mario Santo Domingo; Laura Ardila La costa nostra, historia no autorizada de los Char, “el clan político más poderoso de Colombia”, que también tiene emporio económico; Gloria Valencia en El GEA, la historia completa del grupo empresarial antioqueño, devela prácticas deshonestas de los grupos Ardila Lülle y Grancolombiano de Michelsen Uribe, aunque también se le van algunas del propio GEA; Nathan Jaccard en La rosca nostra ilustra con rigor “cómo operaban los carteles que tumbaron a los colombianos”. Y así podríamos citar muchos más textos e investigaciones que demuestran que la riqueza de nuestros “grandes” empresarios no siempre ha sido producto de la virtud o el respeto a la “libertad del mercado” que tanto profesan, a la naturaleza y a los demás seres vivientes y sintientes.
No son los únicos, por supuesto. La historia del capitalismo en el mundo está plagada de casos similares. También hay unos ejemplares. Empresarios como Maurice Armitage de SIDOC o Carlos Enrique Cavelier de Alquería han demostrado que es posible y deseable otra forma de hacer empresa, al estilo de un “capitalismo consciente” como el que promueven Mackey y Sisodia en el libro con dicho nombre.
En las sociedades capitalistas como la nuestra la gran empresa o corporación es la “institución” por antonomasia; el empresario o el dirigente empresarial es el paradigma del éxito; y el gerencialismo un imperativo vital y social, incluso para la gestión de lo público. Con ese poder y trascendencia, para lo bueno y para lo malo, para hacer y para deshacer, haría bien la sociedad –y el mismo Estado– en ser menos sumisos frente a la gran empresa y sus dirigentes, porque son, como se ha dicho, el principal poder, con capacidad para quitar y poner en el ejecutivo, en el legislativo, en el judicial, y en los medios, a los que se ha denominado el cuarto poder.
Parafraseando al gran Edgar Morin, no podemos perder el control sobre los controles que nos controlan. A nivel planetario el mundo está asustado porque los propios magnates de la tecnología confiesan tener en jaque la existencia misma de la humanidad por cuenta de la inteligencia artificial. Más allá de la tecnología puntual (IA, energía nuclear, etc.) deberíamos vivir alarmados por todos esos poderes corporativos que no tienen un Estado interesado o capaz de contenerlos.
Como sociedad y como ciudadanos tenemos el deber de empezar a nombrar a todos aquellos que se escudan en la entelequia de la persona jurídica para convertirse en intocables por la justicia. Harto daño le han hecho a la humanidad evadiendo responsabilidades. Si lo logran frente a la ley, que tengan por lo menos el escrutinio social y el rechazo cultural y moral que se merecen. Los contrapesos deben ser para todos los poderes y poderosos, incluyendo a los “ciudadanos corporativos”.
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