El pueblo que nos merecemos

“Los pueblos tienen los gobernantes que se merecen” es la vieja frase que intenta señalar una suerte de correspondencia entre los representantes y los representados. En las democracias son los ciudadanos y ciudadanas quienes eligen sus gobernantes, quienes deciden la suerte de los gobiernos nacionales y municipales. Esta sentencia popular explica cómo los valores de quien llega al poder son también los de aquel pueblo que los elige.

Adela Cortina, la filósofa española, propone invertir la dirección de este aforismo. La idea que Cortina propone es que los gobernantes, a la larga, terminan teniendo los pueblos que se merecen, que los valores que promueve el poder político serán aquellos que la ciudadanía replique. Sucede lo mismo que en la “Alegoría del buen y del mal gobierno”, de los hermanos Lorenzetti, una obra que retrata dos sociedades civiles distintas. De un lado, una en la que el gobierno promueve la concordia, la templanza y la prudencia. Del otro, una en la que los valores supremos son la discordia, la violencia y el furor.

En ese modo de entender el papel de las virtudes públicas en la construcción de sociedad hay un protagonismo del ejemplo, de la promoción de determinados valores por quienes tienen la responsabilidad de gobernar. El poder público no es solamente una serie de instrumentos administrativos. Es también, e incluso en mayor medida, una instancia que debe promover una idea de sociedad, un horizonte ético que perseguir.

La ética, dice Aristóteles, “no se enseña como la matemática o la geometría; se enseña con la práctica”. En ese sentido, nos recuerda Victoria Camps que es en el encuentro con los otros, particularmente con quienes ocupan posiciones de autoridad y se constituyen en referentes sociales, donde se produce una parte fundamental de la formación del carácter de la ciudadanía. Algo así como que la estatura moral de una sociedad depende de las personas que ocupan posiciones de reconocimiento y alta dignidad.

Se repite y se repite y se repite que vivimos en sociedades polarizadas, en las que se ha instalado la relación amigo-enemigo, un nosotros y un ellos que se enfrenta. Siguiendo las ideas de Cortina y Camps, cabría preguntarse cuál es el grado de responsabilidad de los dirigentes políticos en la promoción de esta relación nociva para la democracia, que erosiona los caminos hacia una deliberación pública civilizada. Cuando la diferencia es tramitada como enemistad absoluta por parte de las personas que se disputan el poder, es difícil hablar de concordia, de trámite pacífico de conflictos.

La ciudadanía es el reflejo de aquellas virtudes públicas que se promueven como ideales sociales. Como en la obra de los hermanos Lorenzetti, el buen gobierno deriva en buenos pueblos. Si la democracia deliberativa es el punto de llegada, debemos estar más atentos a la altura moral de nuestros gobernantes, de las formas como ellos se relacionan, de las conversaciones que proponen. Los gobernantes tienen los pueblos que se merecen.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-pablo-trujillo/

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