A Bogotá no le cabe Colombia en la cabeza. Es una realidad que el estado colombiano ha ignorado durante buena parte de su historia. Hemos intentado gobernar uno de los países más diversos del planeta desde un único centro de decisión.
He sido crítico de Abelardo de la Espriella como candidato. También lo fui durante el período de transición como presidente electo. Y seguramente seguiré criticando decisiones de su gobierno cuando considere que se aparten del interés general. Pero el 7 de agosto comienza una etapa distinta: empieza a gobernar el presidente de todos los colombianos (@infopresidencia).
Por eso, como ciudadano de centro, me declaro en independencia. No hago parte del Gobierno, pero tampoco ejerceré una oposición automática. Apoyaré las decisiones que beneficien al país y criticaré aquellas que lo perjudiquen.
En ese marco, creo que vale la pena reconocer una idea que el candidato anunció, el presidente electo empezó a poner en práctica y el presidente (@ABDELAESPRIELLA) y el vicepresidente (@jrestrp) en ejercicio parecen dispuestos a desarrollar: descentrar y desconcentrar territorialmente el ejercicio del poder.
Aquí conviene distinguir tres conceptos que suelen confundirse. Descentralizar significa transferir competencias, recursos y capacidad de decisión a los gobiernos territoriales. Desconcentrar consiste en acercar la administración a las regiones sin renunciar al control desde el nivel central. Y descentrar, un concepto menos jurídico, pero más político, es algo más profundo: reconocer que Colombia no tiene un único lugar legítimo desde el cual gobernarse. Lo anunciado por el nuevo gobierno parece avanzar, sobre todo, en la desconcentración administrativa y en ese descentramiento político. La verdadera prueba de la descentralización institucional vendrá después, cuando el Congreso discuta la nueva Ley de Competencias.
Alexis de Tocqueville escribió en ‘La democracia en América’ (1835) que cuanto más lejos se toman las decisiones de los ciudadanos y de sus territorios, más difícil resulta construir confianza institucional y responder adecuadamente a las realidades locales.
Sudáfrica distribuye funciones nacionales entre Pretoria, Ciudad del Cabo y Bloemfontein. Los Países Bajos distinguen entre Ámsterdam como capital constitucional y La Haya como sede efectiva del gobierno. Bolivia reparte funciones entre Sucre y La Paz. Incluso en Alemania, Berlín comparte instituciones federales con Bonn.
¿Por qué no imaginar una Colombia donde Medellín lidere la agenda de innovación, industria y competitividad; Barranquilla articule la política marítima, portuaria y caribeña; Cali fortalezca los mismos temas en su integración con la cuenca del Pacífico; y Bogotá continúe siendo la capital política? No se trata de fragmentar el estado, sino de distribuirlo mejor.
He criticado al candidato y al presidente electo. Pero al presidente en ejercicio le deseo éxitos. No porque haya cambiado de opinión sobre todo lo anterior, sino porque hay una diferencia fundamental entre hacer campaña y gobernar. El deber de la independencia consiste en reconocer los aciertos sin renunciar a la crítica, y ejercer la crítica sin perder de vista el interés general.
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