Hay un poema del uruguayo Mario Benedetti que tiene por nombre ¿De qué se ríe?, que luego musicalizó y cantó Nacha Guevara y yo todavía puedo ver la cara de mi papá repitiendo solamente el estribillo de la canción mientras nos preparaba el desayuno.
El estribillo es muy simple, es una pregunta dirigida a alguien en particular: ¿De qué se ríe, señor, ministro, de qué se ríe?
No encontraba razón el escritor para que, tal como estaban las cosas —como siguen estando—, cualquiera que fuera el funcionario en cuestión, se riera.
Recordé el poema y la canción y la cara de mi papá mientras la cantaba porque ando con una pregunta dándome vueltas: ¿de qué se sorprenden?
Me asombra que haya asombro, preguntas que revelan la incredulidad, ¡¿cómo puede ser que eso haya pasado?!, se cuestionan algunos que, pese a estar advertidos, ayudaron a fortalecer el proyecto político del futuro presidente y fortalecieron, en el camino, los intereses de quienes lo rodean.
Hablo —les hablo, mejor— a todos aquellos que, desde sus particulares privilegios, decidieron votar por Abelardo de la Espriella, no porque me interese llover sobre mojado (o llorar sobre la leche derramada, que viene siendo lo mismo pero con menos lirismo), sino porque me ha parecido curioso verlos preocuparse por la deriva que han ido demostrando el gobierno entrante y sus aliados. De ese futuro triste y esos ministros matancandelas ya he hablado, porque era obvio cuál es el camino que recorreremos en el gobierno de De la Espriella y sus aliados.
Hay cierta candidez posterior al voto: pensar que basta con oponerse individualmente al poderoso para que no haga lo que va a hacer. Aseveraciones como “seré el principal crítico” son cantos a la bandera que sirven para excusar un poco la conciencia de aquellos que se hacen responsables de su apoyo (por la coyuntura, por rabia, por desazón, por pacto de clase, por miedo a perder sus privilegios o por lo que sea) a un personaje que había exhibido ya su carné de pertenencia a la Internacional Reaccionaria que se ha ido esparciendo por el mundo.
Por eso me sorprende que los sorprenda y lamenten, por ejemplo, que la bancada antiderechos —que mal se hace llamar provida porque lo de ellos es más reproducción y parto—, saque de nuevo del cajón apolillado donde debería quedarse para siempre la discusión sobre prohibir en Colombia el derecho al aborto. Ahí están, de nuevo, exhibiendo sus camándulas casi en bandolera, para convertir en delito lo que ellos consideran pecado.
¿Por qué lo han vuelto a hacer? Pues porque el candidato que consideraban suyo, al que apoyaron, ganó las elecciones. Tienen, pues, el apoyo de las mayorías y tú, persona que votaste por De la Espriella, más allá de tus escrúpulos, te hiciste contar a su favor.
Puedo poner otros ejemplos y escribir esta columna con diversas opciones: sobre la jurisdicción especial de paz, sobre el cuidado que debe brindar el Estado al medio ambiente, sobre la convivencia ahora que se les ocurre a otros proponer que la gente pueda andar armada… En fin, ese era el temor que nos daba, a tantos otros, que ganara quien ganó.
¿Por qué entonces ahora parece haber gente, entre los votantes del futuro presidente, asombrada de que haya ocurrido lo que era obvio que iba a pasar, si no hay nada de qué sorprenderse?
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/mario-duque/