Con una frecuencia conmovedora —esperanzadora, imprescindible—, mi pareja me llama desde algún rincón de la casa: “¡Ven rápido! Cualquiera pensaría que pasó algo. Incluso yo, al principio, percibía cierta alarma. Pero ese llamado tiene una única urgencia: urgencia de belleza. Su mirada, profundamente ligada a su corazón, es aguda, permanece atenta a la infinidad de milagros descomunales que nos rodean en nuestra propia casa, así que los observa y, como sabe que vivo urgida de belleza, que así me alimento y sueño y equilibro lo que me rompe (que es lo que atenta contra esa belleza), actúa de manera que yo no me pierda nada de aquello que me eleva y además hace que lo amemos juntos. Así que: ¡Ven rápido!
En algún punto, cuando yo detenía cualquier tarea y corría a ver lo que tenía que ver, y me encontraba con un insecto con las patas raras o un pájaro con un tono ligeramente distinto en un ala, rechacé algunos llamados. A veces le decía que no podía parar en ese instante, que estaba ocupada, pero el ven rápido persistió. Ahora no me lo pierdo. Cada que lo oigo agradezco ese corazón hambriento de detalles que casi nadie ve, así como que sienta la urgencia de mi presencia para atestiguarlos juntos. El ven rápido me es ya imprescindible y siempre detengo todo —¿qué podría ser más importante?—, corro muerta de risa y me encuentro con un montón de milagros y alegrías.
Viendo los bosques arder en España y Francia, a los animales huyendo despavoridos del infierno sin saber a dónde van, mientras líderes de naciones poderosas (y sus votantes enceguecidos) siguen repitiendo sin sonrojarse que no existe el cambio climático y que hay que taladrar y producir a como dé lugar, pienso en lo frágiles que son la belleza y la vida, y en lo urgente que es no solo protegerlas desde los actos mínimos, sino abrazarlas, respirarlas, vivir. Tenía razón Juan Villoro cuando escribió que «el que solo se dedica a sobrevivir en realidad se suicida de la manera más lenta posible».
A veces parece que los actos mínimos no tienen impacto, que se deshacen como las nubes. Que cuando uno llena botellas de papeles metálicos y los hunde con todas sus fuerzas para llenarlas al máximo, cuando escribe sobre el canto de las aves o sobre el horror de Gaza, o cuando acude corriendo al llamado del amor para contemplar juntos una nueva flor del sietecueros, no pasa nada. Pero así se han construido realidades de manera casi imperceptible, como las obras en las que hoy aprovechan esas botellas (y los espacios libres de esas basuras), los textos que tengo detrás y que dan testimonio de mi mirada a lo largo de los años, y la vida que he construido sobre la base del amor y la capacidad de sorpresa. Precisamente, se refirió Laura Ferrero a una idea según la cual el bien que hayamos hecho permanecerá en alguna parte, incluso “cuando no basta, cuando se malinterpreta o cuando, simplemente, parece no haber servido para nada”.
La vida en sí misma es una urgencia, como lo supo reflejar el gran Juan José Millás: «Mi primer bolígrafo fue un regalo de Reyes de cuando cumplí ocho o nueve años. Un bolígrafo, entonces, era tecnología punta, era un milagro. Me daba miedo gastarlo, pero sabía, al mismo tiempo, que no había otra forma de disfrutar de él. De modo que al placer de usarlo se unía el pánico a que se agotara. Adiviné entonces que la escritura era un goce agónico». Como la existencia: un goce agónico, pues todo lo bello, incluidos nuestro tiempo en la tierra y las mariposas y los árboles y la ternura vulnerable de los inocentes, está transcurriendo, está muriendo porque está vivo, pero el milagro es estarlo atestiguando y el horror sería no saber o no permitirse sentirlo. Así que, siempre, ojalá por el resto de mis días, acudiré sin dudarlo al ¡ven rápido! y seguiré atesorando los actos mínimos.
P.D. Vean La voz de Hind Rajab (Netflix). Oigan esa voz. Quizás ese acto mínimo les despierte algo dentro.
Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/catalina-franco-r/