Vidas ajenas

Proponen educación financiera en las aulas desde una edad temprana. Una iniciativa legislativa en Colombia tiene este objetivo. Y justo eso me recordó conversaciones familiares, conversaciones con amigos e incluso conversaciones conmigo mismo frente al espejo, tratando un tema común en la mayoría de los hogares: las deudas. Un asunto que es motivo de discordia y de ruptura de muchas relaciones. Y también motivo de vergüenza para muchos. Pero ¿quién no ha tenido, o tiene, problemas con los bancos? ¿O con la informalidad bancaria conocida como gota a gota?

Desconocer la existencia de esta realidad lleva implícito desconocer la realidad que viven Colombia y Latinoamérica. Sociedades desiguales, clasistas y aspiracionales, que miden el valor de lo humano en proporción a las posesiones. La pertenencia a un club social, el acceso a un colegio o universidad privada costosa que sirve como filtro social y la compra del carro, la moto o cualquier artículo que valide el éxito personal.

Antes de todo, gracias a la lectura del libro De vidas ajenas, de Emmanuel Carrère, cuya lectura recomiendo, entendí que hay dos tipos de deudores: unos que en la deuda encuentran la manera de sobrevivir, quienes cubren sus necesidades básicas con ayuda del crédito, a quienes vamos a dejar fuera de esta conversación; y otros que, con la financiación crediticia, viven vidas ajenas, estilos de vida no correspondientes a sus ingresos, pero quienes, con esos mismos ingresos, podrían cubrir lo necesario.

A partir de esta distinción me pregunté: ¿cómo sería el contenido de una clase de educación financiera? Y me atrevo a afirmar que es un asunto que va más allá de los ingresos y gastos, y de ese equilibrio racional que debe existir entre ambos. Es algo más profundo, incluso filosófico, y toca la raíz de lo que somos como sociedad. Tiene más que ver con el entendimiento del valor humano alejado de las posesiones; tiene que ver con la simplificación de la vida, con entender la experiencia humana desde lo más próximo, con apreciar lo simple y renunciar a esa búsqueda infinita de encontrar la plenitud individual en cada cosa que se adquiere: el carro, el inmueble, el celular. Dicho de forma condensada, se trata de dejar de buscar la validación externa y empezar a afianzarnos desde adentro.

Ese mal social de personas sobreendeudadas, relacionado con ese tipo de deudor que aspira a un estilo de vida que sobrepasa sus posibilidades, nace de un mal individual y de una ignorancia fomentada por el colectivo social. Nace de esa creencia idiota que nos dice que somos lo que tenemos y de ese rasgo clasista que nos niega la idea de que todos somos iguales. Ese rasgo que parte a las ciudades en dos: un sur, un norte. Ese juzgamiento que nace cuando vemos a alguien mal vestido, esa aversión al uso del transporte público, esa segmentación entre ricos y pobres. Ese tufillo de señora que pregunta: “¿tú eres de los De Los Ríos de dónde?”.

Y aunque endeudarse para aparentar y robar recursos públicos son asuntos distintos, en el fondo ambos pueden beber de una misma fuente: la obsesión por el estatus, por la validación externa y por esa promesa absurda de que la vida solo vale cuando puede exhibirse. Ahí es donde la educación financiera deja de ser únicamente una clase sobre ingresos, gastos e intereses, y empieza a tocar una pregunta moral: ¿qué estamos dispuestos a hacer para vivir una vida que otros reconozcan como exitosa?

En paralelo a esta lectura de Carrère, en estos días se destapó el escándalo de presunta corrupción de Juliana Guerrero, una pelada de 24 años, quien, según denuncias conocidas por medios, habría pedido coimas y sobornos para mover contratos públicos. Y antes que juzgarla quise preguntarme: ¿por qué hacerlo? Hasta cierto punto uno puede decir “necesidad”, pero luego de colmar las necesidades básicas, ¿por qué? ¿Es en serio tan importante volverse millonaria, viajar por el mundo, comprar relojes caros y postear eso en Instagram para que todo el mundo la vea? ¿Es en serio razonable desfinanciar colegios, hospitales y personas en necesidad por tener bienes y vivir vidas de lujo?

Lo que más me impactó es la edad de la presunta corrupta, quien con tan solo 24 años y con la valiosa oportunidad de trabajar en el Estado y estar cerca de un presidente, habría preferido el camino de robarle al país, llenarse sus bolsillos y vivir otra vida. ¿Por qué alguien tan joven haría eso? ¿Qué sociedad tenemos? ¿Qué sociedad hemos aprendido a tolerar? ¿Y qué sociedad nos espera?

Entonces, una clase de educación financiera podría ser más compleja de lo que parece. Podría adentrarnos en una transformación de los cimientos sociales. Podría llevarnos a entender con real profundidad la frase altamente repetida de que “todos somos iguales” y, de paso, meternos de lleno al origen de la corrupción que tiene podrido a este país.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/ramon-de-los-rios/

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