Debería haber un fresquito, un descanso, algo de esperanza, por lo menos cierta resignación a estas alturas, tan lejos ya el 21 de junio. Cuando gana el presidente por el que uno no vota (que ha sido casi siempre mi caso), uno espera que ya investido, con ese brillito en el aura que da el poder, se comporte con ecuanimidad y no sea tan malo como uno creyó que iba a ser.
Cuando ganó Petro, y todo el mundo pensó que iba a haber una catástrofe, se posesionó convocando una serie de personas que ilusionaron con la cordura, el consenso y la conciliación a gente como yo. Que el tipo se moviera unos centímetros al centro con Alejandro Gaviria, José Antonio Ocampo, Cecilia López, dio cierto alivio, aunque duró cinco minutos, como sabemos.
El problema con el Presidente electo, que habla desde una biblioteca incandescente de luz amarilla, llena de adornos lobos y de libros empastados con cuerina de un solo color, es que no solo no se ha movido ni un milímetro, sino que sus nombramientos (con poquísimas excepciones) muestran que la mitad más un poquito de los colombianos eligieron lo que nos temíamos: un resonador de la ultraderecha del mundo, con sus banderas de la famosa batalla cultural, que son tan regresivas y tan inconvenientes como las del M-19.
La designación más triste es la del Canciller, Omar Bula. El responsable de recuperar la posición del país como “actor serio” en el hemisferio, según el presidente Tigre, que continúa llamándose a sí mismo de ese modo, cree que el cambio climático no es un fenómeno que tenga que ver con la acción del hombre sobre el medio ambiente y que la pandemia fue un invento de China, “la mugre” del planeta.
Esto no solo significa lo que se ve, que la seriedad del país ante el mundo no se va a poder recuperar, sino que Colombia va a estar alineada con las voces que reniegan del multilateralismo, como la de Trump. Entonces, así haga falta una constituyente para sacar a Colombia de la ONU, que tal vez no vaya a tramitar el electo felino, tendremos quién diga a voz en cuello durante cuatro años que los derechos humanos son una narrativa perversa de la izquierda, como mandan los postulados de la batalla cultural anti Woke. Y el problema no es tanto que lo diga, sino que entorpezca todas aquellas acciones encaminadas a la colaboración internacional en pro de los derechos y el medio ambiente.
La elección más reciente muestra el interés del Presidente por la cultura, al nombrar a Paola Holguín una ex senadora del Centro Democrático, a la que tampoco le importa. El aporte más relevante que le hizo al sector fue la declaratoria del carriel antioqueño como patrimonio cultural. Lo que más le gusta de la cultura, a juzgar por su trayectoria, es la defensa nacional. Pero ministerio es ministerio.
En educación estará Vivian Morales, muy versada en temas jurídicos, ex fiscal, ex senadora. Su trayectoria incluye dos de los tres poderes del Estado, y en ninguno ha tenido que ver con la educación. Sin embargo ha demostrado un alto interés en cuanto a calidad y pertinencia: está convencida de que en los colegios públicos les enseñan a los niños a ser homosexuales y de que tal problema será resuelto de tajo con la lectura obligatoria de la biblia.
Uno podría seguir resaltando las virtudes del palmarés anti Woke, pero se queda sin aliento. Tampoco anima la clausura del gobierno de Petro, el hermano gemelo populista de Abelardo, que sigue atizando el fuego con el invento del fraude, que le hace pulso al contra invento del voto fusil.
Lo que uno ve es que la vida pública del uno depende de la del otro, porque sin enemigos no pueden vivir. En ese jueguito, el Therian vino a lo mismo que llegó el otro: a gobernar para el circulito de fanáticos que le vigorizan el ego. Y que el país les vale lo mismo que el deporte a la hermana de Fico, otro nombramiento campeón.
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