Insistir en la cultura

La Ley General de Cultura creó el Ministerio de Cultura de Colombia en 1997. Su expedición es uno de los logros más importantes de la administración pública colombiana. No es solo grandilocuencia y retórica. Las revoluciones culturales, la promoción del humanismo, de la pluralidad, de la concordia, han sido catalizadores de sociedades ordenadas y justas.

Martha Nussbaum en su libro “Sin fines de lucro” reflexiona sobre la importancia de las humanidades y la cultura en las sociedades contemporáneas. Hoy se rinde culto a la generación de riqueza por el solo hecho de acumular. Estamos llenos de iglesias de productividad y rendimiento. Ese credo lo hemos seguido —con rosario en mano— en Colombia. El correlato de la precariedad y la informalidad ha sido una suerte de ethos narcotraficante que promueve el conseguir plata a como dé lugar, y así, procurarse ciertas cosas —ciertos «cacharros» como diría José Mujica—que den sentido a la existencia. Los colombianos— y los individuos de la modernidad tardía en general— somos en tanto tenemos.

Por eso es tan importante el Ministerio de las Culturas, las artes y los saberes, o el Ministerio de Cultura a secas, porque el arte y la cultura siempre están reflexionando sobre nuestra vida social, a propósito del lugar que ocupamos en el mundo, de las interacciones que tenemos con los otros. Proponen formas de habitar, de ser, de existir. El Estado no solo es el encargado de gobernar la vida social. Es también el responsable de proponer una idea de comunidad, de darle sentido a la ciudadanía, de promover un imaginario de nación. 

Vivimos en tiempos en los que la insensatez goza de mucha popularidad. Las redes sociales— esos sistemas de transmisión del odio— nos muestran como expertos en teoría política a quienes en realidad son propagandistas del caos. Estos personajes tergiversan a teóricos italianos para presentar como pensamiento sofisticado lo que no llega a análisis elemental. En lo que sí aciertan — y dejo en los lectores la tarea de ponerles cara y nombre — es en su obsesión con la cultura, con las ideas, con los símbolos.

Colombia es un país en el que convergen diversas formas de ser, pensar y existir. En un mismo territorio hablamos muchas lenguas, habitan muchas cosmovisiones y tenemos distintas maneras de celebrar la vida y la muerte. Esto no nos hace singulares. La historia de los Estados modernos es la síntesis territorial de decenas — muchas veces cientos— de pueblos. Pero sí nos habla de la necesidad de un arreglo institucional que promueva la conservación, el patrimonio, el arte y la cultura. Ningún país que haya alcanzado cierta idea de justicia lo ha hecho sin darle lugar a la cultura nacional.  Si Colombia aspira a ser algún día una sociedad más o menos ordenada debe seguir insistiendo en la cultura. 

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/juan-pablo-trujillo/

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