“El último Aureliano”

Gustavo Petro ha sido un presidente encerrado en sí mismo. Como el coronel Aureliano Buendía en Cien Años de Soledad, es un revolucionario nostálgico que, en vez de ejecutar, ha terminado atrapado en un espiral de megalomanía y obsesión por el poder.

El Gustavo Petro concejal de Zipaquirá o representante a la Cámara, tan idealista y acogido a sus principios, se avergonzaría de ver hoy al Gustavo Petro presidente, que gobierna con corruptos y está dispuesto a pasar por encima de quien sea y lo que sea para hacer cumplir su voluntad.

En algún lugar del Palacio de Nariño, Petro podría estar encerrado fabricando pescaditos de oro, como el coronel Aureliano Buendía. No se trata de una imagen literal, por supuesto, pero sí simbólica en cuanto a lo que han sido estos años de Gobierno -o desgobierno-.

Como el coronel Aureliano, que inició 32 guerras civiles y las perdió todas, Petro está encaminado hacia un hueco del que tal vez no salga nunca, si es que no está ya en él. No me refiero a perder en el 2026, cualquier cosa puede pasar en esas elecciones. Es más el hecho de que su supuesta revolución, como muchas, terminó convertida en carreta, en una espiral de debacle y fracasos que el mismo Petro debe reconocer en el fondo de su consciencia, así no la exteriorice.

Está convencido de que es el redentor del pueblo, claro, siempre y cuando sea su pueblo: aquel que lo apoya ciegamente. En vez de gobernar, lleva casi tres años haciendo campaña, por eso a sus reformas ni siquiera se les discute el fondo: él mismo las ahoga en peroratas que les arrebatan la legitimidad, así tengan una que otra bondad.

Es un presidente que ha acusado de uribista a todo funcionario que se atreva a dar un concepto técnico que contradiga lo que él quiere; como el coronel Aureliano, está apegado al mito, a la poesía y a los símbolos vacíos. A todo menos a la evidencia y los conceptos técnicos necesarios para tomar decisiones públicas.

Petro se ha desconectado de la realidad para crear la suya propia, aferrado a una causa cuyos cimientos ya ni siquiera están claros, tal como el personaje de García Márquez. Y no sólo ha dejado de construir por estar divagando en retórica, sino que ha destruido lo poco bueno que había en sectores fundamentales para el avance del país como salud, defensa y hacienda.

Y la culpa es de todo el mundo, menos de él. En su cabeza, él no es más que una víctima de un sistema opresor que no lo ha dejado gobernar. Claro, no han sido los escándalos, sus discursos irresponsables, su corrupto círculo de allegados o su ataque permanente a las instituciones cuando no apoyan sus iniciativas.

En discursos recientes, el Presidente se ha proclamado a sí mismo como “el último Aureliano”. Que no olvide que a ese se lo comieron las hormigas, lo que lleva a la afirmación de que las estirpes condenadas a cien años de soledad no tendrían una segunda oportunidad sobre la tierra. Si sigue radicalizándose, puede que sea la izquierda colombiana la que se quede sin segundas oportunidades en los próximos cien años de soledad.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/esteban-mejia/

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