Vírgenes y payasos como rebeldía

“El cinismo es hoy el último refugio de los que temen comprometerse”. Elvira Lindo.

Hablaba Nuria Labari en su columna sobre las jóvenes que llevan vírgenes y cruces como accesorios por moda, por rebeldía. Jóvenes que crecieron en familias laicas pero a quienes, según ella, las generaciones que las preceden les han fallado, así que no encuentran lugar en el mundo y finalmente les queda “tal vez la Virgen. O la revolución”. Se refería a esa porción de la juventud cada vez más religiosa y más de derecha. Una juventud que pesa en el cambio que vive el mundo, definiendo el futuro de países, sociedades y de la humanidad.

Este domingo se votará la segunda vuelta en Brasil. Recurro a Eliane Brum que, instalada valientemente en plena Amazonía para escribir desde dentro de la catástrofe, lleva insistiendo semana a semana desde hace años sobre la gravedad de lo que sucede: “No son unas elecciones normales y quien las trate como si lo que estuviera sobre la mesa fueran dos proyectos compatibles con la democracia está desinformando a los lectores. No hay neutralidad posible cuando lo que está en juego es la propia democracia, la supervivencia de la Amazonia y la vida de muchos”. Y dice el periodista brasilero Joan Royo Gual que los votantes “tendrán en sus manos el destino de la mayor selva tropical del mundo (…) reguladora del clima y dique de contención clave frente al calentamiento global, con las mayores reservas de agua dulce del mundo y unas riquezas naturales que aún se desconocen en muchos casos”. Recordando también que “en los cuatro años del Gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva la deforestación en la Amazonía ha caído un 71%, hasta llegar a los niveles más bajos desde 1988. Con Bolsonaro padre subió un 60%”.

La Amazonía morirá si gana el candidato de extrema derecha, hijo de un criminal que trató de quedarse en el poder con un intento de golpe de Estado. Muchos supuestos amantes de los animales y la naturaleza miran para otro lado. Así como con la democracia: resulta desolador pensar en aquellos que tanto la defienden, a no ser que la amenaza venga de la derecha. Que buena memoria hay en España, en donde tantísima gente recuerda el horror del fascismo y habla en voz alta para recordarlo e impedir su regreso. «La filósofa Judith Shklar advertía que la frontera entre la desgracia y la injusticia no la traza la naturaleza sino la política, y que solemos llamar desgracia a aquello de lo que no queremos hacernos cargo», escribió Máriam Martínez-Bascuñán.

Percibimos el humo en un mundo en llamas. Las tremendas noticias diarias han perdido cualquier capacidad de asombrar proporcional a su gravedad. Hemos dejado de hacernos cargo, sintiendo que nos han fallado, así que millones se rebelan aferrándose a payasos que prometen a los gritos, intentan desafiar a quienes les producen ira, supuestos culpables de todo, y entonces van por ahí exhibiendo su afinidad a las caricaturas artífices de la oscuridad. Ojalá no estuviéramos tan seguros de todo, fuéramos más capaces de dudar. Escribió Juan José Saer en El entenado: “Pero ahora que soy un viejo me doy cuenta de que la certidumbre ciega de ser hombre y sólo hombre nos hermana más con las bestias que la duda constante y casi insoportable sobre nuestra propia condición”.

Hubo una vez un año remoto en el que el triunfo de un magnate zanahoria para liderar la democracia más poderosa del mundo pareció un chiste malo. Aquella pesadilla se ha convertido en la norma. Bien lo dijo Antonio Muñoz Molina: “La templanza es menos fotogénica que la ira”.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/catalina-franco-r/

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