Una risita, hermano

«Quite esa cara de seriedad (…) Una risita, hermano», le pide Abelardo de la Espriella al alcalde de Dosquebradas, Roberto Jiménez Naranjo. O le exige, quizá, porque al presidente le gusta ordenar para revestirse de poder.

Buena parte de las edificaciones del municipio risaraldense sigue en el suelo. Ante la lenta respuesta del Gobierno Nacional para atender a los damnificados del terremoto y la puesta en escena del cuentagotas de las ayudas, el presidente pide sonrisas y manda a decir que habrá pronta recuperación espiritual. Ya antes había pedido ovaciones para sí mismo. «¡Aplaudan! ¿Por qué no aplauden?»

La revista Semana —convertida en la oficina de prensa de la Presidencia— publica en sus redes sociales un video que bien podría ser el final de un melodrama: De la Espriella y Ana Lucía Pineda, su esposa, se abrazan, besan y bailan con el mar de fondo. Estamos ante el gobierno como impostura, de la simulación.

«Por respeto al público, este programa no contiene risas grabadas», advertían antes de que empezaran los episodios de Chespirito. Lo que está pasando aquí produciría risa, si no supiéramos que la derrota definida por el actual gobierno y sus áulicos —por convencimiento u oportunismo— es peligrosa.

Hay un escenario, hay un actor que tiene bien estudiada las formas de su personaje, las líneas que tiene que repetir, todas frases carentes de sentido que, de tanto decirlas, las convirtió en muletillas. El tipo tiene estudiados los movimientos que, pensará él, marcan un estilo. Digo yo que es lo que complementa su conversión en marioneta.

Es el gobierno de la contradicción. Censurar para hacer exactamente lo que denuncian: imponer un relato unificado, sin nada que los cuestione. Es el gobierno de la apariencia: montar numeritos perfectamente producidos, con luces, cámara y acción. Y cuando la cosa no sale como se espera, viene el reclamo: sonrían, aplaudan… cállense las dudas y las críticas.

Y, sin embargo, sigue habiendo razones para no reír, para no aplaudir, para no cejar en las dudas, para criticar.

Porque vuelve el inquisidor Alejandro Ordóñez quien, además de anteponer sus creencias personales sobre los derechos de los demás y querer gobernar con la Biblia por sobre la Constitución, ha demostrado ser un hombre que es capaz de ofrecer lo que no es suyo para quedarse con el poder que se le ha prestado.

Porque vuelve la también reaccionaria Viviane Morales, ahora para ponerle paso firme al desmonte de la fallida Paz Total y darle rienda suelta a otro capítulo de esta guerra colombiana que dirán que es otra, pero que se parece tanto a las que ya han pasado, la misma en la que pierden siempre los mismos.

Porque los alfiles de la mal llamada batalla cultural —que no es otra cosa que un retorno a la oscuridad de los libros sagrados, los rezos y la negación de todo aquello que no se ajuste a lo que creen ellos que mandan sus santas escrituras— están desatados y deseando esparcir su virus de la intolerancia en más y más lugares.

No está la cosa para ser falsamente amables. No nos podemos quitar la cara de seriedad, señor presidente, porque no se nos acomoda la risa cómplice que, sospecho, le devuelve a usted el espejo.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/mario-duque/

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