Me varé. Le puede pasar a cualquiera. El seguro envió una grúa, luchó el operario para sacar el carro absolutamente bloqueado del parqueadero y tras un buen rato lo logró montar en el planchón que lo llevaría al taller. Me senté luego a su lado, de copiloto, e iniciamos el viaje de unos 20 minutos.
No recuerdo cómo ni por qué terminamos hablando de la población en situación de calle de Medellín, aunque él no la llamaba así, precisamente. Para él la solución para la indigencia era muy sencilla, una especie de mezcla entre gueto y gulag. Me lo explicó: «Vea —me dijo— yo saldría por la noche con gente bien tesa de esos del esmad y los vamos recogiendo en camiones y buses, y los llevamos a una finca grande».
Ya su primera parte de la solución me dejó ver por dónde iba la cosa. Pero siguió, por supuesto: «Allá los tatuamos, con una cosa bien fuerte que no se quite nunca y donde sea bien visible. Acá, vea, acá —decía mientras se golpeaba el cuello suavemente con la palma de la mano derecha—, que todo el mundo lo vea».
Recoger, marcar… Faltaba expulsar. «A los que no sean de aquí, los mando para sus ciudades y si es chamo, para Venezuela. Y a los de aquí se los entrego a sus familias, que tienen que responder por ellos». Lo tenía todo claro. «Y eso sí, les advierto que el que vuelva a la calle… ¡taqui!».
Taqui. La palabra es un elemento compositivo que significa rápido. Hay varias que lo usan: taquicardia, taquímetro, taquigrafía, taquilalia… Ignoro si mi compañero de viaje la identifica como tal. Pero dentro de sus planes también era una forma de la rapidez: despachar antes de tiempo a alguien al otro mundo.
«Me dan ocho días y me sobra tiempo», concluyó y giró la cabeza para mirarme esperando, supuse, mi reacción aprobadora a su plan de exterminio. Me tomé un par de segundos y empecé por decirle que aquello no era posible y me miró con incredulidad, pero cuando le hablé de derechos humanos ya no aguantó más y convirtió el asunto en una burla. «¿¡Derechos humanos!? ¡¿Cuáles derechos humanos, ome?!».
Al hombre no le interesaba reparar en las causas de la mendicidad y la indigencia. Nada quería saber sobre desigualdades. Hizo oídos sordos ante las críticas a un mundo que construimos que deja a una buena parte de la sociedad fuera de él y luego condena a los excluidos por vivir de sobras y en las sombras.
Para él era un asunto económico, pues estaba seguro de que por cada habitante de calle la alcaldía recibe un dinero, pero no me supo decir quién era el que pagaba ese estipendio y no le parecieron lógicas mis explicaciones de que era al contrario: atender a esas personas requiere una inversión por parte del municipio.
Pero sobre todo era un problema estético. «Vea como se ve de fea la ciudad», me dijo señalando a uno de los tantos de ellos que deambulan por la calle 30… Pero pudo ser la Regional, la avenida El Poblado, Guayabal, Las Vegas, San Juan, la 70 o cualquiera de las orejas de los puentes que conectan oriente y occidente de Medellín. Los cálculos de la Secretaría de Inclusión hablan de alrededor de 9.000 personas. Otras cifras de organizaciones sociales calculan que serían alrededor de 13.000. En ambos casos, mucha gente.
Si quiere hacerse una idea piense que el Coliseo Iván de Bedout tiene un aforo que ronda los 6.000 asistentes. Si se quiere reunirlos a todos en un solo lugar, como pretende el operario de la grúa que me ayudó a llevar el carro al taller, se requeriría dos de esos coliseos y un poco más.
Entre la llegada al taller y la lucha para bajar el carro, no alcancé a hacerle la comparación al operario de la grúa, que me dedicó una mirada de consideración antes de ir a recoger otro carro, supongo. ¡¿Cuáles derechos humanos, ome?!, se podía leer en sus pupilas.
El asunto pasa por la deshumanización. El habitante de calle no es persona, podría haber dicho el aspirante a Duterte de esta historia. Y como él, otros tantos. Recuerdo que otro conductor —uno de ambulancia— me contó que un conocido de él, cuando estaba aburrido, salía a «cazar loquitos». Y tenemos en la triste historia de esta ciudad los grupos de la mal llamada limpieza social, porque hay otros que los ven como enemigos.
Ya empiezan a sonar los nombres de los que aspiran a suceder a Federico Gutiérrez como alcalde de Medellín. Hay uno por ahí que anda delirando y lanzando infundios a diestra y siniestra desde su silla en el Concejo que, sospecho, pensará que el tema se soluciona voleando bate. Hay otro, que acaban de dejar encargado de la ciudad por las vacaciones del alcalde, es de los que celebran que se manden a perseguir cambuches. El tema no parece estar entre las prioridades de ellos ni de ninguno de los otros que están en el sonajero.
La solución no pasa solo por el piso 12 de La Alpujarra. Debe ser, como en otros casos, una conversación de toda el Área Metropolitana, porque mandar camionados de indigentes a Caldas o Barbosa no sirve de nada. Pero hay que ponerla sobre la mesa como plato principal y no como sobrado de la discusión.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/mario-duque/