Ser un poeta

Hay una regla implícita: que lo digan los otros, que te nombren los demás, nunca, vos mismo.

No significa, en cambio y por ejemplo, poner voz de poeta —por qué es la voz de un poeta— y hacer entonaciones raras, como las de un perro triste y solitario que espera el regreso a casa de los que lo alimentan para que la diatriba suene más poética y más intensa —y esconda la ignorancia: A Andrés Caicedo lo mató el vértigo —subir la voz— de su propio dolor —pausa— y el país entero —pausa— se quedó sin las obras —pausa— maestras —pausa— que nunca —pausa— llegó a escribir.

Lo de las pausas, sin embargo, es importante para crear la situación dramática: una opinión no literaria ni crítica, sino un juicio moral, y peligrosa —dar por sentado por qué se suicidó alguien, como si del suicidio y de las enfermedades mentales se pudiera hablar así de ligeramente.

Pero si uno se quisiera acercar a la pregunta podría decir, para empezar, que un poeta —ampliemos el espectro, que un escritor— es sensible, que la sensibilidad lo hace mirar y escuchar y oler y caminar por donde otros pasan común y corrientes, y que el dolor, o la tristeza, o la alegría, o el amor, o el vacío, o la nada, o el silencio, o la rebeldía, que la experiencia, su experiencia en el mundo, es lo que lo hace ser. Que no podría ser de otra manera, que su riqueza está en sus luchas, en sus creencias, en sus demonios, en sus inconformidades, en sus contradicciones.

Que sería otro poeta, y otro escritor, que no sería incluso ni poeta ni escritor, si fuera como a alguien de corbata y saco, seguidor irrestricto de una sociedad controladora, se le ocurre que hubiera sido mejor siguiendo las normas y la institucionalidad, de camándula en mano y misa los domingos.

Ni la muerte —tan poderosa ella— interrumpe la creación de obras maestras: es que no hubieran sido maestras bajo el juicio moralizador y conservador y religioso con las que las quieren medir.

Quizá habría que empezar por no escuchar opiniones de niños que se creen poetas —inmaduras y con poco entendimiento de la literatura, o muy limitadas por su visión del mundo: el problema es si lo hacen desde instituciones públicas que, por el contrario, requieren funcionarios que tengan conocimiento, pluralidad, inteligencia, sensibilidad, apertura, y el etcétera es grande.

Porque ya hay un problema si nos quieren a todos del mismo color, pensando iguales, como burros a los que les limitan la visión—que anda, eso es lo que necesitan para que no cuestionemos, no digamos, tengamos miedo.

Estamos en un momento —siempre es un buen momento, pero este es crítico– en el que hay que abrazarnos, como garrapatas, a los libros —y a la música y al arte. A leer a los que no quieren que leamos, y no importa si hay que sacarlos de la hoguera.

Porque los poetas existen, pero no son obvios. Hay que agudizar el oído, y eso también se aprende —entre muchas maneras, leyendo.

Otros escritos de esta autora: https://noapto.co/monica-quintero/

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