Después de cuatro años marcados por una estridente forma de gobernar, Petro reclama ahora su lugar como líder único e indiscutible de la oposición, la izquierda y las causas progresistas. Sin embargo, el peso de su figura parece ser más un estorbo que un impulso para quienes deberían estar concentrados en ejercer control político y construir una alternativa al actual gobierno.
Cada semana, el expresidente vuelve a ser noticia por las secuelas de los desastrosos resultados de su administración en materia fiscal, seguridad o salud; por las graves denuncias de corrupción que rodearon su gobierno o por los escándalos relacionados con su vida privada. Y cada día que la opinión pública concentra su atención en estas controversias es un día menos de escrutinio sobre las decisiones, los errores y los abusos del gobierno actual.
Petro fue un mal presidente. No solamente por sus resultados, sino por una forma de ejercer el poder marcada por la megalomanía, el egocentrismo y, sobre todo, la falta de método y rigor. Su liderazgo en la oposición parece ser una prolongación de ese mismo estilo: mucho protagonismo, demasiada confrontación y poca capacidad de organización.
La oposición del Pacto Histórico lleva dos meses con un supuesto gabinete a la sombra, pero sin una ruta clara, sin una agenda reconocible y en medio de duras disputas internas. Le entregaron a Petro el protagonismo de las réplicas al presidente y el resultado produce más pesar que interés. Mientras tanto, sus alfiles más experimentados dedican más tiempo a defender lo indefendible de su legado que a ejercer control político sobre quien llegó al poder prometiendo destruirlo.
Es una oposición atrapada en la profunda vanidad de su líder. Incapaz de pasar la página, de renovar sus liderazgos y de comprender que defender las causas progresistas no debería significar defender a Petro a cualquier costo.
Y ese es quizás el mayor daño que el expresidente le está haciendo a su propio sector político: convertir las causas que dice representar en una extensión de su personalidad. La defensa de la justicia social, la igualdad, el medioambiente o las libertades no puede depender de la lealtad incondicional a un dirigente, mucho menos de la obligación de justificar sus errores.
Colombia necesita una mejor oposición. Una que investigue, cuestione, proponga y ejerza un control político serio. Una que entienda que oponerse al gobierno no consiste en protagonizar toda polémica, sino en ofrecerle al país alternativas creíbles.
Mientras Petro siga siendo la principal contracara del actual gobierno, y no aparezcan otras opciones viables, los extremos seguirán alimentándose mutuamente. Cada uno encontrará en los excesos del otro la justificación perfecta para los propios. Así, la polarización dejará de ser una consecuencia de nuestra política para convertirse en su principal mecanismo de supervivencia.
No confío en que el Pacto Histórico sea capaz de romper ese círculo. Hasta ahora, parece incapaz de organizarse alrededor de un proyecto que no dependa de la figura de Petro.
La pregunta es si otros sectores políticos tendrán la capacidad de construir una oposición digna, rigurosa y concentrada en los problemas del país. Porque una democracia no solamente necesita un buen gobierno. También necesita una oposición a su altura.
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