Para escuchar leyendo: Un regalo para Medellín, Varios artistas.
Era la cumpleañera más hermosa que yo recordara. Todos, de alguna forma, teníamos que ver con ella, con su celebración y su felicidad. Medellín cumplía 335 años y la Alcaldía nos pedía a cada ciudadano darle un regalo, algo, cualquier cosita es cariño, nos decían a cada rato.
Apenas ocho meses antes, la ciudad había organizado los Juegos Suramericanos, como ya lo había hecho con las Asambleas Generales de la OEA y el BID; al año siguiente lo haría con el Mundial de Fútbol Sub-20 y, en un par de años más, con el 7.º Foro Urbano Mundial. Era esa ciudad que le mostraba al planeta su milagro, la de los Cedezos, la de los Parques Biblioteca, la de los jardines infantiles de Buen Comienzo, la de Medellín Solidaria, la que pasó del miedo a la esperanza. Era la Medellín que me llenaba de orgullo, con la que encontré mi propósito de vida: servirle para verla mejor, cada vez mejor.
Volvamos a los regalos. Un grupo de cuarenta artistas, representantes de cinco décadas de historia musical, se reunió junto al equipo de la Alcaldía para darle a la ciudad una serenata. Así nació la canción Un regalo para Medellín, lanzada ese 2 de noviembre como broche de oro de la celebración.
Entre aquella carta de amor, uno de los pasajes más hermosos le decía a la ciudad ¿Cómo no decir a viva voz que eres lo mejor que me pasó? Y lo que hoy soy te lo debo a vos. Había orgullo, había propósito, había una Medellín que echaba para adelante. ¿Qué nos pasó?
Hoy esa cumpleañera luce distinta. La ciudad que me hacía estallar de amor y de orgullo es ahora una preocupación que no se apaga, una ansiedad constante, como la que agobiaba a Gonzalo Arango cuando le hablaba a solas. Basta recorrerla para ver las cuentas pendientes como el plan parcial de Naranjal y el Pabellón del Agua, obras inconclusas que parecen monumentos a la promesa; el río y las quebradas, que siguen esperando soluciones; un centro que se deteriora a la vista de todos; habitantes de calle sin salidas reales; un costo de vida que asfixia y una vivienda cada vez más lejana; la prostitución y el consumo de drogas, que ya no se esconden en las esquinas.
Son crisis aplazadas, que crecen en silencio hasta que ya no caben en el discurso. Como esa conversación a solas que uno evita porque sabe lo que va a escuchar, la ciudad nos está hablando y fingimos estar ocupados. Antes nos preguntaban qué regalo le daríamos, y hoy lo que nos pide es atención, ese de quedarse para arreglar lo que se nos rompió a todos. ¿Cierto, ciudad adorada?
Por eso quiero cerrar con una invitación. El año que viene, antes de que otro cumpleaños nos pille con las manos vacías, elijamos un propósito para Medellín, uno solo, pero concreto: cuidar una quebrada, acompañar a un habitante de calle, exigir una obra hasta verla terminada, votar con la cabeza fría y la memoria larga. Que no nos toque preguntarnos otra vez qué nos pasó. Mejor responderle a la ciudad, con hechos, que lo que hoy somos todavía se lo podemos deber a ella.
¡Ánimo!
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