Literatura, fe y otros delirios

Es difícil hacer una relación entre literatura y religión, porque son formas de la exploración humana distintas, tanto en su fin como en sus maneras de funcionar. Sin embargo, no puedo dejar de pensar en el acto de leer y cómo lo asumimos dentro de la sociedad.

Hace unos meses, en alguna declaración de Abelardo De La Espriella, pensaba en que para ser una persona tan devota no parecía que lo hubiera hecho humilde o realmente piadoso, como se esperaría de una persona tan religiosa, sino que su devoción y sus iconos religiosos se veían más como un símbolo de estatus y de ostentación que como una verdadera muestra de fe.

Con esto no busco necesariamente atacar a De La Espriella, pero cuestiono la manera en la que la religiosidad se ha vuelto un instrumento político que está permanentemente en los protocolos de gobierno, con el que pareciera buscar acercarse a sus electores más que realmente demostrar valores como la humildad o el amor.   

Después de pensarlo por unos minutos me pregunté ¿realmente la fe en nuestra sociedad hace que seamos mejores personas?

Irónicamente esta pregunta es similar a la manera en la que mucha gente comprende los efectos de la literatura, porque a la hora de entender la lectura siempre lo vemos como un acto lejano, moralizante, con el que se espera que una persona que lea sea necesariamente más culta y receptiva con los problemas sociales.

Aunque es cierto que al leer puede haber una aproximación a distintas realidades a las de los lectores, esto no significa que necesariamente todos los lectores se preocuparán por los problemas que retratan esas realidades. Se puede leer sobre la pobreza, la guerra o la injusticia y, sin embargo, cerrar el libro y seguir de largo. La lectura acerca, pero no obliga.

Del mismo modo, aunque la religión predique valores como el amor al prójimo, la fidelidad, lealtad o humildad, eso no hace que muchos de los llamados hombres de Dios se preocupen por la coherencia entre su fe y sus actos. Para la muestra sobran ejemplos de corrupción y persecución por parte de la Iglesia, abusos sexuales a menores de edad registrados por sacerdotes, complicidad con gobiernos criminales, entre otros. Tanto la literatura como la religión nos ponen frente a realidades que nos interpelan; lo que hacemos con ellas ya es otra cosa.

Podríamos creer que tanto la fe como otras expresiones artísticas son manifestaciones valiosas de la condición humana, que constantemente revelan nuestra propia incertidumbre, pero ¿de qué manera nos podemos acercar a ellas? ¿hay formas más acertadas que otras?

Estas dudas pueden verse algo grandilocuentes y hasta ambiciosas pensando en los indicadores que tenemos en nuestra sociedad, los cuales siguen mostrando que leer es una actividad que vemos como algo alejada.

En Colombia se leen entre 3,75 y 6,32 libros al año por persona, una cifra considerablemente baja en comparación a países como Chile, Argentina o México, algo que también se ve reflejado en las evaluaciones internacionales.

En los últimos resultados de las Pruebas Pisa, Colombia aparece debajo del promedio de los países de la OCDE en matemáticas, lectura y ciencias. En lectura se estima que aproximadamente el 55% de los jóvenes no alcanzaron los resultados esperados.  De igual manera las pruebas mostraron una caída en la atención lectora a nivel global, por lo que la crisis de la lectura no es exclusiva de este país.

¿Pero entonces qué esperamos de la lectura, qué esperamos del contacto de esas expresiones humanas tan complejas y a la vez tan ambiguas para el ser humano?  

Es una cuestión que vale la pena considerar, pues cada vez son más comunes los discursos moralizantes desde las entidades nacionales a la hora de entender las obras y a sus autores.

Un ejemplo perfecto de esto es el caso de Sergio Esteban Vélez, director del Instituto Caro y Cuervo, el cual, en publicaciones de las cuentas de la institución, se basó en sus propios juicios morales para hacer declaraciones sobre los escritores Gonzalo Arango y Andrés Caicedo, las cuales distorsionan su memoria, dejando la relevancia y la trascendencia de sus obras relegadas a un segundo plano frente a los valores que Vélez valida.

Esta visión reduccionista no busca entender una obra ni la vida de sus autores por lo que son, sino por lo que el director pretende que sean. No hay un verdadero esfuerzo en comprender, sino en mantener un molde, el molde de lo que es moralmente correcto.

A pesar de que hay libertad para entender una obra no todas sus lecturas y sus miradas son válidas, y la interpretación, para ser válida, exige un mínimo de honestidad con el texto: entender lo que la obra dice, no lo que queremos que diga. Hay libertad para leer, pero no para imponerle a la obra nuestras propias convicciones.

Busquemos acercar a la gente a la comprensión, de lo que lean, de lo que vean, de lo que escuchen, y que siempre lo piensen, y ojalá eso sirva para hacer buenas personas.

Otros escritos de este autor: https://noapto.co/miguel-echavarria/

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