Vivimos en un mundo demasiado acelerado, en el que el tiempo se siente cada vez más corto y fragmentado. Lo urgente se devora lo importante y quedan pocos momentos para la pausa: para revisar la historia y hacer balances, análisis y síntesis. En política no es la excepción. Por eso no entendemos que muchas de las medidas estructurales y de fondo de un gobierno se reflejan en los gobiernos posteriores.
En medio de tantos análisis coyunturales –necesarios también y acertados muchos– del corto pero intenso y polémico gobierno de Abelardo de la Espriella (ADLE), me permito una pausa para conectar –y recordar– esta presidencia con los dos gobiernos de Álvaro Uribe, sobre todo porque Abelardo cosecha y replica bastante de lo peor que, en términos democráticos, sembró y cultivó Uribe.
Como dije anteriormente, no es solo el mandatario, ni siquiera los poderes públicos, sino casi todas las instituciones y la sociedad las que sembraron parte de lo que hoy cosechamos. No podemos olvidar que la unanimidad en torno a Uribe era tal, que se hizo famoso su “teflón”, en alusión a que no importaba si se equivocaba, porque el establecimiento y casi toda la sociedad lo aprobaba y hasta lo aplaudía.
No obstante, sí hago énfasis en Uribe porque, sin duda, ha sido el presidente más popular que hemos tenido en los últimos 50 años –de los que tengo consciencia y conocimiento político–, porque concentró el poder en el Ejecutivo como ningún otro. Además, porque hoy el espejo retrovisor del gobierno de ADLE está focalizado y saturado de Petro –que por supuesto también tiene mucho que ver– y poco o nada se dice de la influencia de los gobiernos de Uribe sobre el actual y es mucho más de lo que parece.
Reitero aquí que soy un antiuribista radical, pero no irracional ni visceral. Tampoco tengo aversión, a priori, por los uribistas, que son mayoría entre mis familiares y amigos. Pero en mi juicio político, como persona de centro que soy, considero racionalmente –más allá de si tengo o no la razón– que Uribe ha sido el presidente que más ha debilitado la democracia en el último medio siglo del país y que Colombia, con ADLE, está cosechando gran parte de esa siembra. Veamos.
No puedo decir que Uribe lo hizo todo mal –nadie lo hace– pero aquí me centraré en tres de los tantos daños que le hizo a nuestra débil democracia y que veo que corren el riesgo de repetirse y agravarse. Entre otras razones, porque parte de la derecha abelardista –la más extrema– fue la que apoyó incondicionalmente el proyecto uribista y ahora lo hacen con ADLE, con la ilusión de que tenga una mano aún más dura y un corazón más pequeño.
El principal fue permitirle a sus secuaces la compra de la aprobación de la reelección. De facto, ha sido la principal reforma constitucional que hemos tenido: no fue solo “el cambio de un articulito” como se vendió. Ahí se resquebrajó el equilibrio de poderes en el país y el balance institucional. A partir de entonces, los demás presidentes han tenido, con diferentes niveles de intensidad, esa misma tentación y han querido cambiar las reglas de juego constitucionales e institucionales para reelegirse. Hasta Duque dijo que si aún hubiera reelección, lo reelegirían.
Esta actitud lleva implícito un mensaje mesiánico y caudillista: si no son ellos, los elegidos, no existe nadie más que pueda hacerlo bien. En eso se parecen mucho Uribe, Petro y ahora ADLE. He aquí el germen de los autoritarismos. Si alguna vez tuvimos exceso de presidente y tuvimos tintes de dictadura fue con Uribe. Menos mal la Corte Constitucional –que se equivocó aprobando la primera– negó la aprobación del referendo para la segunda reelección, que, según la tesis de José Obdulio Gaviria, ideólogo del Centro Democrático y principal promotor de la misma, debía aprobarse porque “el estado de opinión” debía primar sobre el Estado de derecho.
ADLE, que se considera un ungido de la Providencia, no ha dicho que reelegirá, pero en apenas dos meses ha demostrado un talante personalista y autoritario similar o superior al de Uribe. La inquietud, más que de tiempo en el poder, es de talante.
La segunda deriva autoritaria de Uribe es que, aun cuando tenía un alto índice de aprobación, popularidad y respaldo de prácticamente todo el establecimiento público y privado de Colombia, se dedicó a estigmatizar y criminalizar a la oposición, así esta no fuera genérica ni sistemática sino en temas puntuales como la aprobación de los TLC. Desde Belisario Betancur para acá –que es de donde tengo mediano uso de razón política– los ciudadanos de a pie podíamos discutir en público de lo público sin temer por la integridad personal, familiar o por la estabilidad laboral en el sector privado, como lo padecimos muchas personas que fuimos despedidas o perseguidas en nuestros trabajos por antiuribistas. Capítulo aparte merecen los genocidios militantes como los de la Unión Patriótica y los de los líderes sociales, ambos casos más visibles.
Sobre dos acérrimos rivales, como Pastrana y Samper, uno podía discutir a pulmón abierto en cualquier plaza pública, sin temor a mayores represalias. Uribe, en cambio, perseguía cualquier atisbo de oposición y luego, para posar de demócrata, si el perfilado era un personaje famoso, le ponía un generoso esquema de seguridad. Con esa artimaña ha defendido las supuestas “garantías democráticas” que le dio a la mínima oposición que tuvo, especialmente en su primer gobierno.
Ahora que De la Espriella es cuestionado por la censura a medios, periodistas y hasta gremios, vale la pena recordar que casi todos los principales medios de este país, empezando por El Tiempo y Semana, que eran los más prestigiosos, se fueron degradando sistemáticamente desde el gobierno de Uribe, que contó con un “unanimismo” sin precedentes en la historia del país: las voces disonantes eran pocas y mediáticamente irrelevantes.
En tercer lugar, pocas cosas pueden menguar tanto la democracia, la institucionalidad y el Estado de derecho como la connivencia del Estado con grupos y prácticas al margen de la ley –casi todos, además narcos–. Aunque Uribe no está condenado por eso, muchos de sus subalternos y alfiles más cercanos sí terminaron condenados por paramilitarismo o parapolítica y resulta ingenua e inverosímil la versión de que todo fue a sus espaldas.
Entre los hechos más conocidos está ese capítulo negro de nuestra historia conocido como “los falsos positivos”, en el cual perdieron la vida miles de jóvenes inocentes, a cuyos familiares Uribe respondió con la indolente e infame frase de que «no estarían recogiendo café”. También es tristemente célebre el momento del 28 de julio de 2004, cuando las excongresistas Rocío Arias y Eleonora Pineda, uribistas purasangre, facilitaron la entrada al Congreso de la República de los exjefes paramilitares Salvatore Mancuso, Ramón Isaza y alias Ernesto Báez (Iván Roberto Duque) para justificar durante 45 minutos el accionar de las AUC: un hecho que, de forma deplorable, fue ovacionado por casi todos los congresistas, y contó con la anuencia y justificación del entonces presidente Álvaro Uribe Vélez, bajo el argumento de ofrecerles «unas pruebitas de democracia» a esos angelitos. Una prueba más del cinismo de Uribe y su complacencia con el paramilitarismo ocurrió el 29 de noviembre de 2006 en el marco del Congreso Cafetero, cuando era de conocimiento público el tema de la parapolítica. Allí le pidió sin ningún recato a sus congresistas que “mientras no estén en la cárcel voten nuestros proyectos de ley”.
De modo que si la complacencia de Uribe con el paramilitarismo –y todo lo que de allí se ha derivado– está en duda ante la ley, no lo está ante la historia y ante sus propias palabras, que lo autoinculpan. Un verdadero demócrata sabe y defiende el monopolio de las armas por parte del Estado y no hace pactos explícitos ni implícitos con fuerzas oscuras al margen de la ley. No se puede negar que Uribe menguó a las Farc, pero también que, directa o indirectamente, su gobierno terminó fortaleciendo otros grupos armados y delincuenciales que alimentan nuestra guerra intestina.
La cercanía histórica de ADLE con grupos y personas al margen de la ley (Alex Saab, David Murcia Guzmán y varios paramilitares y narcotraficantes de peso, algunos “amigos personales”) está suficientemente documentada y publicada, y el argumento de que era propio de su rol de abogado no alcanza para justificarlo y menos para desestimarlo en quien ostenta la dignidad de presidente.
Pero como no hay mal –ni teflón– que dure cien años ni sociedad que lo resista, Uribe terminó, por reacción a sus abusos, fortaleciendo a la izquierda política en Colombia, hasta facilitar su llegada, por primera vez en un siglo, a la presidencia. Casi nadie discute que, sin Uribe, la izquierda no hubiese puesto presidente. Infortunadamente para una democracia con verdaderos contrapesos, el decepcionante gobierno y el mal “liderazgo” de Petro la han debilitado de nuevo, pero el péndulo no volvió al uribismo, sino a Abelardo, catapultado, sobre todo, por los errores de estos dos anteriores. No se debe criticar a ADLE –y, sobre todo, a sus excesos– sin criticar a Uribe y a Petro que lo potenciaron.
Como elegido que se cree, el expresidente no dejó florecer nuevos y fuertes liderazgos, porque siempre ha querido gobernar en cuerpo ajeno y para ello lo único que busca es docilidad y lealtad incondicional a él como mesías. El resultado: salvo con Duque y Andrés Julián Rendón en Antioquia, ha perdido todas las elecciones nacionales y regionales que ha promovido.
Como dice el refrán, hay que conocer la historia para no repetirla y a Abelardo le convendría tomar nota de quien dice que fue su inspiración, el “maestro” Uribe. Las diferencias están en que ADLE no posa de demócrata y, aunque ahora cuenta con cierta unanimidad de todo el establecimiento, tiene a la ciudadanía más dividida y polarizada; más informada y, en algunos casos, hasta mejor informada.
Porque si ADLE y sus adeptos, empezando por su asesor Carlos Suárez, siguen sembrando vientos, terminarán él y toda Colombia cosechando tempestades, como las que estamos pagando por sus antecesores, especialmente por Álvaro Uribe Vélez.
Otros escritos de este autor: https://noapto.co/pablo-munera/