He estado pensando en cuál es el mejor verbo para definir lo que está ocurriendo en este gobierno con eso que denominamos cultura (museos, bibliotecas, centros de pensamiento, academia). He probado con varios: invisibilizar, ocultar, tapar, negar…
Luego, el propio presidente Abelardo de la Espriella usó el verbo preciso: desaparecer. Lo hizo en el discurso de poco más de 10 minutos que ofreció desde el Claustro de Santa Clara, sede del Ministerio de Cultura, donde volvió a exhibir la actitud carcunda que ha marcado sus setenta y un dos en el poder.
Lo dijo así: «Le he dado instrucciones a la señora ministra para que toda esa oda al terrorismo en la que aparece Pizarro y demás terroristas, sea desaparecido de los lugares públicos».
Esa oda al terrorismo, dijo. Pizarro y demás terroristas, dijo. La señora ministra a la que se refiere es, cómo no, la funesta ministra de Cultura, Paola Holguín, a quien el presidente denomina como una generala. Ella, por supuesto, procedió «de conformidad, como corresponde» y desapareció más de 30 obras que estaban en tres diferentes salas del Museo Nacional.
Cosas peligrosísimas que estaban poniendo en riesgo el «alma de la colombianidad».
Bajaron de las paredes de la sala Hacer sociedad los afiches de las campañas presidenciales de Carlos Pizarro Leongómez, Bernardo Jaramillo Ossa y Luis Carlos Galán.
Porque no puede ser que los colombianos recordemos que aquí se han silenciado voces desde siempre y que a dos de estos tres candidatos los mataron grupos paramilitares en alianza con sectores del Estado que vieron mal entonces —y parecen seguirlo viendo ahora— que existan otras formas de entender nuestros problemas y de buscar soluciones.
Al tercero de ellos lo mataron los narcos con la permisividad del entonces director del DAS, Miguel Maza Márquez.
También de esa sala desaparecieron peligrosísimos objetos como un brazalete de la Alianza Democrática M-19, un plegable sobre el también asesinado Jaime Pardo Leal y un cartel donde se podía leer «El genocidio contra la Unión Patriótica es un crimen de Estado». No vaya a ser que sea contagioso ese virus de la memoria histórica.
Dios nos guarde, se habrán dicho los improvisados curadores museográficos que, a dedo, señalaron que había que retirar todo eso que estaba expuesto bajo el nombre Reivindicación de Nación – De la Constitución de 1991 al Proceso de Paz de 2016, que incluía un tarjetón de la llamada séptima papeleta, ese voto popular que permitió convocar a la Asamblea Constituyente de donde salió la Constitución de 1991, que tanto dijeron querer proteger durante la pasada campaña presidencial.
Todo, por supuesto, cumpliendo la línea indicada por el presidente De la Espriella con su dedo índice derecho, que tanto le gusta utilizar: ofrecer, por ahora por medio de una pared gris repleta de las cicatrices que dejaron las obras desaparecidas, «una interpretación correcta de la historia, no una permeada por la ideología», porque esa censura y esa persecución contra lo distinto, creen los aplaudidores del gobernante, es una lectura vacía de sesgos, creencias o prejuicios.
Clamó el presidente por una «lucha patriótica contra el wokismo», y los censores que fungieron como curadores desaparecieron más y más obras y objetos: el yembé de la Batucada Lésbica, no fuera a ser que al ritmo de los golpes sobre los cueros del instrumento sucumbieran las frágiles identidades de quienes les temen a los distintos y se desatara en ellos el rayo homosexualizador que los atormenta cuando duermen.
Desaparecieron un afiche de un ciclo de cine rosa y uno que recordaba que existió una Jornada Internacional No a la Violencia contra la Mujer. Además, seguros de combatir lo que el presidente llamó relativismo moral y de señalar la existencia en las colecciones del Museo de una corriente liberticida (hace menos de un siglo, otra gente de infame recordación hablaba de arte degenerado), habrán metido quién sabe dónde para que nadie vuelva a verlas, las piezas que representan fenómenos sociales y políticos que sucedieron entre los años cincuenta y setenta en ese país de injusticias y reclamos.
Cayeron en la purga, también, unos zapatos diseñados para mujer trans, porque en este gobierno de retardatarios no se les ocurre de ninguna manera la otredad, no son capaces de ponerse en la piel de otros que no sean ellos mismos con sus miedos incomprensibles y atávicos de lectores de un solo —y sagrado— libro.
Y, vaya uno a saber por qué, también la camiseta que vistió Lucho Herrera cuando quedó campeón de la montaña en el Tour de Francia de 1985. Tal vez la devuelvan pronto a su sitio si alguien les recuerda que la vieja gloria del ciclismo anda enredada en líos con paramilitares.
Así marcha la protección de la identidad cultural de la nación, atravesada por la misoginia, el racismo y la homofobia de quien termina siempre sus alegatos desplegando invocaciones divinas de un dios castigador al que desea imitar.
Quisiera creer que esta contrarrevolución, como la llaman, la perderán ellos. Pero sé que de ese hoyo oscuro al que nos están llevando tardaremos en salir.
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