Desde 1997 el Ministerio de Cultura ha servido para coordinar, regular y emitir las disposiciones que tienen que ver con la preservación y la promoción de las artes, saberes, tradiciones y culturas de Colombia.
Entre sus dependencias hay organismos como el Instituto Caro y Cuervo, el Archivo General de la Nación, el Instituto Colombiano de Antropología e Historia, la Biblioteca Nacional y el Museo Nacional.
Aunque este ministerio es una entidad clave para preservar distintas tradiciones y manifestaciones del país, su gestión y sus aportes suelen pasar desapercibidos.
Son pocas las iniciativas que recuerdo del Ministerio de Cultura, así como a pocos de sus ministros.
Me acuerdo de la Economía Naranja promovida por el expresidente Iván Duque, que buscaba impulsar la producción cultural y creativa del país —cine, música, libros, diseño, moda, software— con incentivos tributarios y la meta de elevar su peso en la economía del 3% al 5% del PIB. Una política de Estado que terminó quedando corta ante la expectativa de lo que buscaba alcanzar.
Otro caso destacado fue el del nombramiento de ministra de Patricia Ariza en el comienzo del Gobierno Petro, la cual hablaba del sector cultural para generar un cambio social de las comunidades a través de la cultura como un agente movilizador. Sin embargo, Patricia Ariza fue de las primeras ministras en salir del gabinete, y pasaron por él otras figuras que parecían figurar sólo para apoyar al presidente más que por una dirección destacada.
El Ministerio de Cultura, lastimosamente, parece siempre quedar relegado a un segundo plano frente a otros Ministerios como el de Hacienda, Interior o Defensa, tal vez por la manera en la que vemos la cultura en Colombia, como algo a lo que somos ajenos, que parece ser una cosa estética y no algo que busquemos entender o disfrutar.
Yo soy uno de los que les apuesta a las artes.
Estoy a un mes y medio de graduarme como Profesional en Literatura, y si le apuesto a esta profesión no es solamente porque ame leer y escribir, sino porque creo que el arte y la memoria, en sus múltiples manifestaciones, tienen mucho poder y pueden generar muchas salidas laborales y profesionales. Sin embargo, estas dependen de estímulos y de protección, los cuales en este momento se están viendo fuertemente amenazados.
Bajo el liderazgo de Paola Holguín, nuestra actual ministra, ha habido una serie de casos preocupantes dentro del sector, como el de la actual directora de la Biblioteca Nacional.
Julia Cristina Daza Noguera es comunicadora social y periodista; hasta antes de ser nombrada para este cargo se había enfocado en comunicaciones y asesorías políticas, pero no tenía experiencia en el sector del libro.
Además, funcionarios de la Biblioteca han denunciado que ha habido malos tratos de su parte, y un desconocimiento generalizado del sector, ignorando las funciones de una biblioteca y confundiéndolas con las de una editorial, proponiendo medidas que ya se vienen implementando o mostrando un abierto desconocimiento de archivo o hasta de autores emblemáticos como José Eustasio Rivera.
El caso de Daza es particularmente indignante para mí porque, viendo en noticias cuales son algunos de sus vacíos, me di cuenta que yo, como egresado no titulado, soy una persona más competente para el cargo que ella, así como mis amigos, mis profesores, mis colegas y los egresados de programas similares como filólogos, bibliotecólogos, promotores de lectura, museógrafos, antropólogos y demás, personas que nos hemos formado en este sector estamos siendo abiertamente ninguneados por una institución gubernamental que debería proteger y darle visibilidad a estas profesiones.
Y no podemos olvidar la puñalada final, la que una semana después sigue desangrando a Colombia en todos los rincones. La mañana del viernes 16 de octubre despertamos con la noticia de que habían mandado a recoger varias obras del Museo Nacional.
Una de las obras más polémicas es un retrato del excandidato presidencial asesinado Carlos Pizarro Leongómez, el cual fue comandante del M-19 y después de que el grupo armado se desarmara fue candidato presidencial. Este cuadro fue descolgado junto con el de Bernardo Jaramillo Ossa, otro excandidato presidencial de tendencias de izquierda, pese a que él nunca empuñó un arma. Ambas pinturas eran parte de una exposición de candidatos presidenciales asesinados, de la cual Luis Carlos Galán Sarmiento afortunadamente no fue descolgado.
Si bien es válido cuestionar y condenar las acciones delictivas de Pizarro, no es válido violar la independencia de una entidad con autonomía técnica y administrativa como el Museo Nacional y exigir el retiro de obras de arte que no se alineen a los principios de un gobierno de turno. Es todavía más preocupante saber que en esa gran purga se retiraron obras y emblemas de la historia nacional como la séptima papeleta, el bolígrafo del Acuerdo de Paz, la cédula de una mujer trans, y demás creaciones y símbolos de resistencia de minorías que han sido históricamente vulneradas y perseguidas como las personas LGTBIQ+.
Y tal vez lo más preocupante sea el discurso del presidente De La Espriella para justificar el acto, en el cual afirmó que “El Estado tiene el deber moral, insoslayable y político de impedir que los espacios culturales sean captados por el socialcomunismo ateo”.
Loable discurso, sobre todo sabiendo que esa declaración implica saltarse por encima la Constitución, amenazando principios como la libertad religiosa, la libertad de expresión y el respeto del pluralismo.
Y del mismo modo es loable la trayectoria de Holguín en su cargo, sabiendo que su experiencia en el sector cultural se limitaba a declarar el carriel patrimonio nacional, y que en estas semanas su hoja de vida ha sido noticia, porque según reportes de prensa no terminó dos maestrías. Paola Holguín es una digna representante de los Nunca, porque al parecer nunca ha terminado un posgrado.
Debo decir que celebro que esta decisión haya sido tumbada por una tutela que ordenó conservar y mantener todas las piezas retiradas, así como celebro que la ministra de Cultura haya sido citada a control político por todas estas acciones, pero no por eso dejo de tener preocupación al ver a mi sector tan precarizado.
Veo algunas comunicaciones, declaraciones y actos del Ministerio de Cultura y pienso que se está convirtiendo en un Ministerio de Propaganda, que su gestión parece que llevaran una vaca al matadero, y que con lo que fuera quedando de la memoria del país, se va construyendo un relato a la medida del gobierno de turno.
Un relato basado en el adoctrinamiento contra el que dicen luchar. Pero cuando se analizan y se entienden sus acciones se ve que es el Ministerio de Cultura el que activamente lo promueve priorizando una imposición ideológica sobre una gestión competente.
El arte merece más.
Merecemos más que funcionarios incompetentes, descarados y cínicos sin ningún mérito o aptitud para sus cargos, mientras se pasa por alto la formación de tantos profesionales capaces de gestionar estos campos.
Espero que la resistencia que está habiendo por parte de varios sectores (museos, bibliotecas, etc.) impida que volvamos a sufrir por algo así, que las funciones del Ministerio tomen la relevancia pública que merecen, y que se mantengan condiciones dignas para los que tenemos la ridícula idea de hacer del arte un oficio.
Espero que se nos haga el milagro.
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