Hay un principio en narrativa que es una especie de ley para cualquier escritor, dramaturgo o guionista que quiera cumplir las expectativas que genera dentro de una historia: si se pone un arma en una escena, más adelante es necesario dispararla.
El concepto lo escribió el gran cuentista ruso Anton Chéjov en una carta a su amigo Aleksandr Semenovich Lazarev enviada el primero de noviembre de 1889 y luego se conoció y se enseñó como “el arma de Chéjov”.
El 8 de septiembre pasado Abelardo de la Espriella firmó el decreto que levantaba la suspensión de permisos para el porte de armas. En su cuenta de X publicó un video en el que se veía sentado ante un escritorio, en lo que parecía una de las oficinas presidenciales, con una pluma y un documento en la mano; un plano después, apareció en primer plano el que sería el mismo documento, ya sin las manos del Presidente, con una pistola o una funda de pistola puesta a un lado, ambos encima del escritorio que se mostró al principio.
Días más tarde, hubo que hacer zoom en las fotos, o en los fotogramas de los videos; frotarse los ojos para corroborar de nuevo. Sí, el 22 de septiembre, De la Espriella se hizo retratar y grabar con una Glock 15 gen 5 semiautomática para luego él mismo difundir esas imágenes por sus redes sociales. Estaba patrullando Santa Marta en un vehículo blindado, en medio de la tensión por el paro armado impuesto por las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada.
Hasta ahora la continuidad del guión es impecable, una secuencia: arma en escritorio junto a decreto acerca de armas (INTERIOR/DÍA); arma en el pantalón de Presidente (EXTERIOR/NOCHE). Tal como lo aconseja Chéjov. Hasta ahora se trata de un relato que cumple con lo que ordenan las leyes de la narrativa: ningún detalle de las escenas está allí por accidente; cada elemento cumple una función anticipatoria, explicativa o simbólica.
Falta que dispare su 9 milímetros. No sería descabellado, siendo él un hombre de bien y en uso de plenas facultades mentales y emocionales, como lo ordenan los requisitos para andar con un arma amparada de uso personal, según la revista Cambio, como la del Tigre,.
Estamos todos expectantes, en suspenso, como en una película de terror, algunos; otros, los más entusiastas, como en una de la saga de Rambo, esperando por la baja de alias Pinocho, Calarcá, Chiquito Malo, Iván Mordisco y ver sus bolsas blancas.
Pero hay otra técnica de la narrativa, que también se aplica en la política, conocido como el “red herring”, que empezó a usarse en las novelas de detectives, como Sherlock Holmes, o las de Agatha Christie, que consiste en construir maniobras de distracción para plantar pistas falsas y distraer al lector.
Tal vez la pistola en el cinto sea eso, un señuelo para que las audiencias volteemos a ver al feroz Tigre en posición de caza, con los pantalones que se necesitan para gobernar este país y darles duro a los delincuentes, e imaginarlos muertos de miedo con la llegada de la fuerza del Estado.
Y que, de esa forma, los ciudadanos, que no audiencias, no nos demos cuenta o minimicemos el hecho de que el paro armado de Santa Marta empezó y terminó cuando los delincuentes quisieron y que, como lo vieron los periodistas menos obnubilados, no necesitó gran despliegue de hombres en las calles con los cuales el Tigre con su pistola y los efectivos del Ejército pudieran entrar en combate.
Bastaron whatsapp y llamadas telefónicas de intimidación para que los comerciantes se abstuvieran abrir sus negocios, a pesar de que policías o soldados custodiaran las puertas de los locales, armados hasta los dientes. Esto, porque los ciudadanos, que no audiencias, saben que levantado el paro, idas las cámaras, el carro blindado del Presidente con su Glock 15 de fabricación estadounidense, se quedan ellos, pagando su respectiva extorsión, hasta el próximo paro, hasta la próxima puesta en escena.
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