Las primeras imágenes que guardo de Abelardo de la Espriella (@ABDELAESPRIELLA) son de 2018. El algoritmo, que tiene sus caprichos, me lo puso en la pantalla vendiendo ropa y sombreros. Recuerdo las pintas excéntricas, la vida de sibarita entre Miami y alguna campiña italiana, los viajes y los cuadros de fondo, siempre los cuadros. Opinaba con estridencia sobre asuntos que entonces sonaban a exageración y que hoy son programa de gobierno. Era una exhibición pretenciosa, a ratos grotesca, pero inofensiva. Uno pasaba el dedo y seguía.
El mundo se descuadernó. Aquel abogado estrambótico que posaba de antipolítico es hoy presidente. Y el jueves pasado, el mismo día en que anunció desde el Ministerio de Cultura (@mincultura) una “contrarrevolución cultural”, su gobierno descolgó una treintena de piezas del Museo Nacional (@museonacionalco). Se fueron la pluma hecha con una bala con la que se firmó el Acuerdo de Paz, el tarjetón de la Séptima Papeleta, los afiches de Pizarro y de Jaramillo, Minería de Antonio Caro y buena parte del muro de la diversidad. Quedaron rectángulos pálidos en las paredes. Y una prohibición de tomar fotos, para que nadie documente el vacío.
El esteta resultó curador. El curador resultó censor.
La ministra Paola Holguín (@PaolaHolguin) explicó que el museo no debe servir como “instrumento de adoctrinamiento político”. Tiene toda la razón. Por eso sorprende que la primera decisión curatorial del gobierno se haya dictado desde un atril presidencial, entre diatribas contra el wokismo y el socialcomunismo ateo. Adoctrinar, parece, es lo que hacen los otros.
La historia ofrece precedentes, todos incómodos. En 1937 los nazis montaron en Múnich la exposición de “arte degenerado”: Kirchner, Klee, Chagall y hasta Emil Nolde, que era militante del partido, colgados de mala manera y con letreros burlones para que el pueblo aprendiera a despreciarlos. Fue un éxito de taquilla. Más de dos millones de visitantes, muchos más que la muestra oficial de arte ario inaugurada a pocas cuadras. Goebbels quiso humillar a esos pintores y terminó haciéndoles la mejor publicidad de su vida. La censura tiene esa ironía cruel: amplifica lo que pretende callar. Media Colombia que no sabía quién era Antonio Caro está hoy buscando su obra en internet.
Mussolini creó un ministerio de cultura popular para decidir qué podían leer y oír los italianos. Stalin borraba de las fotografías a los camaradas caídos en desgracia; Yezhov desapareció de una imagen junto a un canal como si nunca hubiera existido. La junta argentina quemó en 1980 un millón y medio de libros del Centro Editor de América Latina en un baldío de Sarandí. Los talibanes dinamitaron los Budas de Bamiyán. Todos invocaban los valores y el alma de la nación. Ninguno se creía bárbaro. Heine lo advirtió en 1821: donde se queman libros se termina quemando gente. En Bogotá nadie está quemando nada. Pero el gesto es el mismo, y los gestos enseñan.
De la Espriella ha hecho cosas iguales o peores. Ha metido la mano en gremios y medios, y el país, con su célebre talento para acostumbrarse a todo, apenas parpadeó. Lo del museo fue distinto por pura torpeza. Tocó algo que muchos consideran sagrado sin importar el espectro. La Séptima Papeleta la empujaron estudiantes de todas las tendencias, y de ella salió la Constitución que hoy le permite gobernar. Hay liberales indignados y uribistas incómodos, centristas que firmaban comunicados tibios y ahora firman los duros, conservadores que se acordaron de Burke y de que conservar significa, precisamente, no destruir.
Un hombre que se presentaba como coleccionista y mecenas decidió que la memoria nacional necesitaba curaduría presidencial. Eso tiene un nombre viejo y feo. Que el Estado decida qué puede recordar una sociedad, y en nombre de la patria descuelgue lo que estorba, es la gramática del fascismo.
Con sombrero italiano, eso sí.
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